Helsinki fue escenario el pasado fin de semana de un ejercicio multilateral protagonizado por la ASEM, foro que reúne a veinticinco países miembros de la Unión Europea y a trece naciones de Asia oriental, entre ellas China, la superpotencia emergente, y Japón, la segunda economía del mundo. Cinco años después de los atentados del 11 de septiembre, la cumbre euroasiática subrayó la bondad del multilateralismo, pero, al mismo tiempo, constató los obstáculos que debe superar como alternativa al unilateralismo, idea que la Administración Bush, a través de lo que denomina guerra contra el terrorismo,ha pretendido convertir en el principio organizador del sistema internacional posterior a la guerra fría.

La ASEM se creó en 1996, en Bangkok, con el propósito, reafirmado después de la guerra de Iraq, de que europeos y asiáticos cooperen en favor del multilateralismo. La doctrina unilateralista afirma que, en una escena internacional caótica, los estados deben conducir su política exterior individualmente; no todo, sin embargo, es tan fácil: esa conducta ha dañado ahora la autoridad moral de Estados Unidos para reorganizar el sistema internacional. El multilateralismo, por el contrario, mantiene que sólo si los estados actúan concertadamente podrá evitarse el caos. La doctrina multilateralista se basa en las obligaciones universalmente aceptadas de la carta fundacional de las Naciones Unidas, pero la cooperación es mucho más fácil de encontrar en la economía que en la política exterior. El desencuentro diplomático protagonizado en Helsinki por China y Japón, que económicamente están a partir de un piñón, es la prueba del nueve.

Junichiro Koizumi se ha despedido del mundo exterior en Helsinki. El primer ministro japonés, que ha renunciado a la reelección y abandonará el cargo a finales de este mes, concluyó esta semana su último viaje oficial al extranjero con una solemne conferencia de prensa en un hotel de la capital finlandesa. El encuentro con la prensa fue un paseo para el primer ministro. Un periodista japonés abrió el turno de preguntas felicitándole "por sus esfuerzos en la cumbre de la ASEM". Y otro periodista occidental, como si se tratara de un espontáneo, cerró el encuentro en el tiempo de descuento con otra felicitación a Koizumi por su falta de apego al poder y con la recomendación de que siga los pasos humanitarios de Jimmy Carter. Sorprendido y sonriente, Koizumi le dijo en inglés: "Es usted muy amable".

La cumbre no fue tan fácil. Koizumi, reincidente en sus visitas al templo Yasukuni, donde se mantiene viva la memoria de destacados criminales de guerra japoneses, tropezó con la negativa de las delegaciones de China y Corea del Sur a mantener reuniones bilaterales.

Horas después, el primer ministro japonés regresó a casa tras afirmar en la conferencia de prensa que "las relaciones con Estados Unidos, que han sido estrechas en los últimos sesenta años, seguirán siendo básicas en la política japonesa". Un periodista chino, comentando las palabras de Koizumi, advirtió de que "Japón, con su creciente acercamiento a Estados Unidos, va a terminar siendo un país occidental, no asiático".

Paralelamente a la cumbre de la ASEM, una treintena de editores y periodistas asiáticos y occidentales celebraron en Helsinki un seminario organizado por la Fundación Asia-Europa y el Ministerio finlandés de Asuntos Exteriores. La reunión sentenció el carácter crucial, en la nueva escena internacional, de la cooperación entre Asia y Europa. ¿Por qué? En síntesis, porque Estados Unidos, la Unión Europea y Asia oriental conforman una relación trilateral en el desorden internacional subrayado ahora por el fracaso estadounidense en la búsqueda de otro principio de funcionamiento. Desde la perspectiva europea, el lado más sólido de este triángulo es la relación transatlántica; en segundo lugar está la creciente relación entre Estados Unidos y Asia; y el tercer lado, que es el más débil, está integrado por Europa y Asia, un continente cuyas diferencias nacionales y culturales dificultan el multilateralismo que promueven los europeos con el ejemplo. Pero en Asia y la Unión Europea se insiste en la necesidad de reforzar el tercer lado del triángulo para hacer posible el multilateralismo global, incluso cuando es evidente que toda concertación, como ocurre en las Naciones Unidas, depende en realidad de la voluntad de las grandes potencias.

Los realistas no son los únicos que desconfían del multilateralismo. Por ejemplo, los japoneses no están solos cuando tienen sus dudas sobre el multilateralismo que proclaman los dirigentes de Pekín como principio reorganizador del caótico tablero internacional. ¿Es este principio una estrategia que será abandonado por China cuando, una vez convertida en la superpotencia del siglo XXI, nadie le pueda toser? George W. Bush ya no vivirá ese momento como presidente. Pero si aún lo fuera, tampoco resultaría extraño que ese día defendiera la bondad del multilateralismo con el entusiasmo del converso.