Se han cumplido los treinta años de la muerte de Mao Zedong (para utilizar, simbólicamente, la grafía revisada). Al proclamar la República Popular China, el 1 de octubre de 1949, en la torre de Tiananmen, que domina la famosa plaza, Mao exclamó: "China se ha puesto en pie". Esta frase resume su obra. Tras un siglo largo de sumisión a las potencias extranjeras (1840, primera guerra del Opio, a 1945) y la guerra civil, China recuperaba su soberanía nacional y los ciudadanos chinos el orgullo de serlo.

Pero a Mao le quedó una asignatura pendiente: la economía. Y sin desarrollo económico la independencia de China era precaria. Fue el gran retraso económico y tecnológico ocasionado por la pérdida del tren de la revolución industrial lo que dejó a China inerme ante las potencias imperialistas. Desde 1840 la historia de China fue una sucesión de intentos para lograr la modernización económica: fracasaron en el empeño tanto la última dinastía imperial, como la República burguesa de Sun Yatsen como Mao Zedong. Si China seguía acumulando retraso económico y tecnológico en relación con los países avanzados, llegaría un momento, antes o después, en que volvería a estar a su merced.

Deng Xiaoping, el sucesor de Mao, dio con la fórmula para la modernización de China, tras los intentos fallidos anteriores, con su estrategia de "reforma económica y apertura al exterior", lanzada en noviembre de 1978. El pragmatismo ( "no importa que el gato sea blanco o negro, sino que cace ratones") desplazó a la utopía maoísta.

El genio político de Deng Xiaoping residió, en primer lugar, en entender que el sistema económico importado de la URSS, que atentaba contra todas las leyes de la gravedad económica, debía desaparecer para dar paso a una economía de mercado. En segundo lugar, Deng comprendió que en un sistema como el chino, o el viejo sistema soviético, el Partido coincide con el Estado, por la sencilla razón de que fuera del Partido no hay vida política organizada, ni cuadros experimentados en la gestión política ni económica. El Partido es el Estado. Era imprescindible conservar el Partido-Estado, un poder político sólido, como único agente posible del cambio ordenado y no traumático, pero modificando su función: en vez de construir el comunismo, el Partido Comunista de China pasó a edificar la economía de mercado, cada vez más difícil realmente de distinguir del capitalismo.

La conservación del Partido-Estado pasó por la negativa de Deng a descalificar a Mao Zedong: "No podemos descartar bajo ningún concepto la bandera de Mao Zedong... Hacerlo supondría, de hecho, negar la gloriosa historia de nuestro Partido... La condena de Mao Zedong equivaldría a desacreditar el Partido y el Estado... Sin su dirección muy probablemente la revolución aún no habría triunfado. Seguiríamos sometidos al imperialismo, al feudalismo y al capitalismo y nuestro Partido seguiría luchando en la oscuridad. Si no fuera por Mao no habría nueva China. Sin él el PCCh no existiría... El pensamiento de Mao representa la integración de la verdad universal del marxismo-leninismo con la práctica de la revolución china".

Se acepta que en sus primeros diecisiete años de gobierno Mao actuó correctamente. Después sus principales errores fueron la campaña antiderechista de 1957; el Gran Salto Adelante (1958); la campaña contra el mariscal Peng Dehuai, por atreverse a criticar el Gran Salto Adelante (1959); y la Revolución Cultural (1966-76). El saldo fue de muchos millones de muertos. Con todo, en la valoración final que hizo el Partido de Mao, los aciertos (70%) pesan más que los errores (30%) y se le sigue considerando un gran revolucionario y un gran marxista. El PCCh se negó a hacer con Mao lo que Jruschov había hecho con Stalin. El retrato de Mao sigue presidiendo la plaza de Tiananmen y su mausoleo continúa en el centro de la plaza.

Si Mao resucitara, no conocería el país que dejó hace treinta años. Parafraseando el veredicto del Partido, se puede decir que apenas queda hoy un 30% de la obra de Mao. Cuenta Richard Nixon que Lee Kwan Yew, el padre de Singapur, gran conocedor de China, en fecha tan temprana como 1967, le comentó: "Mao está pintando sobre mosaico. Cuando lleguen las lluvias, borrarán lo que él pintó y China se quedará como estaba". El propio Nixon le dijo una vez a Mao que había cambiado la historia milenaria de China, y Mao le contestó: "Apenas si he cambiado un poco las afueras de Pekín". Estas palabras resultaron proféticas.

La China actual es la de Deng y no la de Mao, y es aquél el que pasará a la historia como el gran modernizador que China venía esperando. Deng ha sido para China lo que el emperador Meiji fue para Japón. Si seme permite la boutade,a Mao Zedong le han revisado, treinta años después de su muerte, hasta el carnet de identidad.