Decididamente, confieso mi debilidad por las polémicas intelectuales no evidentes u ocultas antes que por la cohetería de la actualidad más rabiosa; pero algunos amigos me preguntan qué pienso del affaire Rubianes. Muy brevemente, junto con la más irrenunciable de las defensas de la libertad de expresión -fui procesado por hacer bandera de ella-, ahí van un par de observaciones. Una, que nuestras instituciones son mucho más vaticanamente previsoras que las madrileñas, pues diría que aquí resulta bastante inconcebible la hipótesis de un caso Rubianes a la inversa: ¿Cree alguien posible que los directores de nuestro Teatre Nacional o del Grec incluyan en su programación subvencionada la obra de un autor «madrileño» capaz de emitir contra los catalanes -o buena parte de ellos- las sutilezas intelectuales que el cómico soltó porque, como a Farruquito el pedal, y según él mismo ha dicho como excusa, se le había «calentado la lengua»? Yo tampoco. Luego está un fenómeno que no deja de tener su lado paradójico, y que no es otro que el de la aportación de Rubianes a los espectáculos en lengua castellana en Cataluña, con la incorporación de públicos entusiastas, se diría que hasta ayer mismo no demasiado atentos a la lengua de Lorca.
Me interesa infinitamente más señalar una auténtica carga de profundidad políticocultural: la dubitativa incorporación del Vaticano a la campaña creacionista desencadenada en EEUU por las iglesias protestantes más integristas. El tema es tan grave, y susceptible de tantas y tan sutiles maniobras informativas, que anuncio mi intención de volver sobre él más sosegadamente.Es lógico, en todo caso, que Benedicto XVI, un intelectual escasamente proclive a los espectáculos mediáticos, intente tomar postura a raíz de la cruzada anticientífica de los creacionistas norteamericanos que amenazan con seducir a la parroquia local, pues parece evidente que muchos de los católicos caribeños que nutren las parroquias del Norte no son precisamente lectores de Theilard de Chardin.

Esa calculada ambigüedad de los teólogos cercanos a la Academia Pontificia y al Ratzinger Schuelerkreis (el círculo de alumnos fieles al profesor hoy en el Papado) se presiona en virtud de un mecanismo denunciado por Dennett (el autor de La peligrosa idea de Darwin), que consiste en lanzar una crítica ideológica a un postulado científico para que, a renglón seguido, un coro de observadores «imparciales» declare que la hipótesis científica originaria está siendo objeto de revisión, prueba de que está lejos de ser científica. No hay aquí lugar para entrar en el tema de qué debe entenderse por ciencia, a fin de definir lo que es ideología. Pero sí es lugar para denunciar por artero y manipulador, por ejemplo, un titular de La Razón del 6 de septiembre con el que, por cierto, se abría una crónica mucho más matizada (y periodísticamente menos leída). El titular rezaba: «El evolucionismo no es científico».

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