Me equivoqué, lo siento. La semana pasada, en mi último artículo, afirmé que la desdichada odisea de Natascha Kampusch había pasado a segundo plano y sería olvidada en poco tiempo. Ese mismo día, en este mismo diario, en el número en que salía mi columna, el tema ocupó dos páginas acompañadas con la foto de la muchacha.En todos los otros medios lo mismo, con la imagen de Natascha en las portadas.
Pocas horas antes fue posible verla en la entrevista televisada.En Austria contó con el 80% de audiencia. Sí, fue una equivocación gorda la mía, y es de rigor retractarse. Argumentar que el texto fue escrito y enviado a esta redacción un par de días antes sería una pobre excusa: debí tener en cuenta las características de relato universal de lo sucedido.
Nos remite a Barba Azul; a Hanzel y Grettel prisioneros de la bruja mala; a Caperucita Roja y el lobo; a la leyenda del coco con la que se atemorizaba a los niños díscolos, y, para mencionar un relato más cercano en el tiempo, a las tres películas de King Kong en las que el gorila gigante, en la cinta homónima, se apodera de la aterrorizada Ann Darrow.La peripecia de Natascha Kampusch y la valentía que ella demostró al huir de su captor, así como la simpatía y desenvoltura que todos pudimos apreciar en esta muchacha, tiene una tremenda fuerza simbólica y será difícil de olvidar.
También mencioné el síndrome de Estocolmo, y de eso no me retracto.Saqué a colación el patológico afecto que suele darse entre los secuestradores y sus rehenes (como el que se establece entre Ann Darrow y el gorila), y sigo creyendo que algo de eso hay, como parece demostrarlo el hecho de que Natascha haya querido despedirse del cadáver de su captor. También aventuré que, debido a la familiaridad producida por la convivencia, o el hecho de que se impongan los afectos, el síndrome de Estocolmo puede extenderse a la relación entre padres e hijos o a lo de sentirse parte de una confesión religiosa o una nacionalidad cualquiera. Me reafirmo en dicha idea. Lo que no dije es que en todo este asunto sale a relucir la manía posesiva de los humanos, que en el caso del secuestrador de Natascha se vuelve monstruosa. Sin llegar a tanto, son muchas las personas empeñadas en poseer a otro ser vivo para hacerlo de su exclusiva propiedad.
En los alrededores de mi casa retozan y trepan a los árboles unas preciosas ardillas. Me produce placer el contemplarlas, pero escuché a unos niños de la vecindad que hacían planes para atrapar a una de ellas. «¿Para qué la queréis?», les pregunté.«Qué pregunta, para meterla en una jaula; para que sea nuestra».Para que sea «nuestra»; para que sea «mía». «Yo las tengo todos los días sin necesidad de enjaularlas», dije. «Qué las vas a tener, tú sólo las miras», me contestaron. Animales prisioneros; animales enjaulados: canarios, periquitos, perros encadenados.Parece ser que acompañan mucho. El monstruo sólo quería que Natascha fuese su animal de compañía. Que fuese suya.
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