Un lugar de la costa, la plaza mayor de cualquier pueblo, un espacio adecuado en la ciudad son propicios para acoger una audición y baile de sardanas. Joan Maragall ya dijo en su día que se trata de "la dansa més bella de totes les danses que es fan i es desfan" (la danza más hermosa de todas las danzas que se hacen y deshacen), pero es algo más. Basta contemplar cómo se forma un corro pequeño que va creciendo con la sucesiva y libre incorporación de nuevos bailadores. Personas de edades diversas, altas o bajas, gruesas o delgadas, que bailan mejor o peor. Las manos tendidas y siempre dispuestas a acoger a alguien más. La sardana es la danza de la fraternidad, de la igualdad y de todas las oportunidades.

No es necesario tener pareja para intervenir como en otros bailes tradicionales. Cada cual decide dónde y en qué momento se coloca. Entre éste o aquél, ésta o aquélla; al principio de los compases, a media audición, a punto de concluir. Hay gente mayor que espera a que se acerque el final para no cansarse demasiado, imaginando, a sabiendas de que no es cierto, que conserva la energía de la juventud.

Alrededor de los que bailan se congrega siempre un cúmulo de espectadores que contemplan como extasiados el ir y venir acompasado de los brazos extendidos, los cuerpos erguidos y los pies todos a una, de un lado a otro como un péndulo. La música acompaña la visión, y es como estar mirando el movimiento de las olas en la orilla del mar, el juego de las llamas en el fuego de una chimenea, siempre iguales y distintas, fascinantes. El ritmo constante y la melodía yendo de la calma al alborozo, los pies punteando tranquilos o saltando con una alegría contagiosa.

Pasados los primeros momentos de hechizo, el espectador anónimo se dedica a observar otros detalles. Se han formado varios corros, algunos concéntricos, el más amplio envolviendo otro menor. Bailan más mujeres que hombres, más adultos que jóvenes, algunos niños. Una nueva persona decide agregarse y unas manos se separan para unirse ahora a las recién llegadas. Es un gesto natural y bello que cabe tomar como símbolo del carácter catalán, siempre dispuesto a acoger sin alharacas y con sinceridad, integrador siglo tras siglo.

Y el espectador se pregunta por qué no hay más hombres en cada uno de los círculos, y más gente joven.

Cree que es un mal síntoma que unos y otros permanezcan ajenos a un baile popular que, por sus connotaciones de concordia, va más allá del folklore. Al no existir competencia ni exclusión, redunda en un buen aprendizaje para los más jóvenes y en un ejercicio positivo para los adultos. Hay muchachos y hombres que basan su diversión en la práctica de deportes de competición o en su seguimiento, deslumbrándose ante los campeones y desdeñando a los que no triunfan. Actitudes que se contraponen al ánimo de la sardana, abierta y sin rivalidades, lo cual promueve la armonía y aleja la agresividad.

Los escolares aprenden a bailar sardanas, al menos en la escuela pública, pero luego desaparecen de las horas de ocio. Las modas son otras, los propios padres viven ajenos a ellas, sin advertir que formar parte de una colla podría ser, como hace pocos años, una diversión más saludable que otras en boga.

Y al espectador le gusta imaginar que los corros se engrandecen con las manos de extranjeros de piel oscura o clara, de personas de todos los credos, de contendientes de guerras que dejan de existir, puesto que las manos enlazadas no pueden disparar.