Veinte años ¿no son nada?, de Josep M. Muñoz en La Vanguardia
Que España ha cambiado de forma extraordinariamente positiva en los veinte años que han transcurrido desde su ingreso en la UE es un aserto que pocos podrán poner en duda. La incorporación a la comunidad europea no sólo le ha permitido situarse en la senda del crecimiento y el desarrollo económicos, sino que ha contribuido también a asegurar una estabilidad política e institucional inédita en la historia contemporánea española (¿hay que recordar que entonces, en 1986, hacía sólo cuatro años de un frustrado golpe militar?).
Las claves del progreso español se encuentran, desde hace mucho tiempo, en Europa. Como resumió sabiamente el profesor Jordi Nadal, antes de que España entrara en Europa, Europa había ya entrado en España, permitiendo el desarrollo que, a la postre, terminó por superar la infamia política y la ineficacia económica del franquismo. De hecho, la pertenencia a Europa como remedio de los males patrios es algo que, hace ya más de un siglo, algunos regeneracionistas españoles (y los catalanes a la cabeza) habían visto con toda claridad, y que Ortega y Gasset acertó a resumir en su célebre frase: "España es el problema, Europa es la solución".
Sin embargo, el camino que nos queda todavía por andar, si queremos igualar a nuestros socios europeos en nivel de vida y bienestar social, es todavía muy largo. Claro está que veinte años es un periodo históricamente corto, y que las desigualdades más profundas, como las que atañen al nivel de educación de un país, no se van a resolver de un día para otro. Por ello, justamente, es muy importante el modelo de desarrollo que se adopte. Y España parece optar por un crecimiento poco sostenible, basado no en la industria y el conocimiento, sino en el ladrillo y el ocio: como apuntan algunas voces críticas, corremos el serio riesgo de convertirnos en el geriátrico de los ricos europeos, atendidos por la mano de obra barata que nos llega de otros continentes.
Un ejemplo que me parece revelador. Este verano, el suplemento dominical del diario El País publicaba un reportaje sobre lo que llamaba generación Europa,en el que se recogían impresiones de veinte jóvenes españoles, nacidos el mismo día del ingreso de España en la entonces Comunidad Económica Europea, es decir, el 1 de enero de 1986. Los dos chicos que aparecían destacados en la cubierta del dominical, madrileño uno, extremeño el otro, habían abandonado sus estudios en 4. º y 3. º de ESO, respectivamente. Pocos días después, el mismo periódico publicaba un reportaje sobre Islandia en el que el autor se preguntaba acerca de las razones que habían permitido a esa fría y lejana isla dar el enorme salto de prosperidad que había experimentado, precisamente, en los últimos veinte años. La respuesta la encontraba en el despacho del doctor Stefansson, fundador de una empresa, De-CODE, que es líder mundial en biotecnología. Según este antiguo catedrático de Harvard, la clave que ha permitido a su pequeña isla situarse a la cabeza de los países desarrollados es su apuesta por la creatividad. Y decía: "La mejor forma de ser creativo es leer. El lenguaje es el instrumento de las ideas. La mejor forma de enseñar a la mente a pensar es la buena literatura. Yo leo entre 50 y 60 novelas al año, y entre 30 y 40 libros de poesía". Afirmación que corroboraba el periodista cuando cuenta que, "en vez de hablar sobre su trabajo en genética, pasamos casi todo el tiempo hablando de Jorge Luis Borges, de Shakespeare, de Pablo Neruda, de Joseph Conrad y de Gabriel García Márquez".
Dice el tango que veinte años no son nada. Pero para los islandeses, veinte años han significado mucho. La diferencia, está claro, se encuentra en qué se invierte, si en ladrillo o en capital humano. O, lo que viene a ser lo mismo, en lo poco o lo mucho que se lee. Y ocurre que en nuestro país, como es bien sabido, cada vez se lee menos.
