A Zapatero le esperan en el Congreso dos años duros, porque tiene enfrente a Rajoy, un hueso que se presenta ante la Cámara con la máxima ciceroniana de que siempre es mejor elegir el menor de los males. Ayer, tanto el presidente como el líder de la oposición se taparon en el burladero del azul, y luego se abrieron, dejando lo más duro de la brega a sus ayudantes; Rajoy a sus dos domésticos, por emplear una analogía ciclista, y Zapatero a sus dos eminencias grises: Alfredo Pérez Rubalcaba y María Teresa Fernández de la Vega. Purgados los disidentes, Zapatero necesitaba de una mano para apagar los fuegos y otra para meterla en el cesto de las serpientes, donde los batallones de la muerte siguen sin control. Se llamaba eminencias grises a los capuchinos, inquisidores y confesores que iban de gris para diferenciarse de la púrpura cardenalicia o del armiño. A Rubalcaba le pusieron ayer delante del enigma del 11-M; le preguntaron qué pasó entonces y desde entonces. Contestó que la conspiración la idearon los del PP para engañar a los españoles. A la vicepresidenta, gobernanta de los becarios de Zapatero, le dijeron que por qué el Gobierno huele tanto a quemado y tal vez sospecharon que al alcalde Gallardón le va a suceder un negro después de la invasión de los cayucos. María Teresa enumeró aviones y buques de vigilancia y control, contó cómo las patrullas han interceptado hasta 60 embarcaciones y han desarticulado 700 redes en la zona.

Mariano Rajoy, el mejor orador de la Cámara, somete en cada sesión al presidente a sátiras violentas y breves; en tres minutos no se puede montar una catilinaria, pero sí un pollo. Con la crispación imprescindible para dos años electorales, de forma telegráfica, le dijo a Zapatero que hubo en este verano mucha incompetencia, mucha ineficacia y, además, mucha demagogia. Según Mariano, lo más sorprendente es lo que ha ocurrido con la OPA sobre Endesa, una catástrofe maravillosa, porque Zapatero burló la independencia de los organismos reguladores, provocó dos resoluciones judiciales en contra de su Gobierno y le abrieron a España un expediente en la UE. «Y al final, nos anuncia, sorprendentemente, un final feliz: usted y la señora Merkel brindando con vino. Pero le han obligado a beber vino del Rhin, señor presidente del Gobierno. Y un campeón nacional o bebe Torres, o bebe Rioja o bebe otras cosas». Cuentan los griegos que Aristóteles debía designar un sucesor para su escuela. La elección era entre Menedemo de Rodas y Teofastro de Lesbos. El filósofo deliberó largo tiempo, pidió que le sirvieran vino de ambas islas, bebió a sorbos de los dos y le dio la palma al de Lesbos porque tenía más cuerpo. Zapatero no replicó a Rajoy sobre el bouquet del vino alemán; basándose en las reglas de cortesía, comentó que el invitado debe beber el vino del anfitrión, aunque como en este caso tenga una porción de veneno.

Tuvo que beber el presidente del Gobierno el vino de la ribera del Rhin, de las cepas blancas en la tierra de arcilla y pizarra. Quevedo solía decir que una santa bota de vino español abrigaba más que los paños franceses y que los bordados alemanes con canutillos de oro, pero entonces en el mercado único mandaba España. El otro día ni siquiera le dieron a Zapatero el vino Ortega, según Serafín Quero, armonioso y redondo, con un bouquet que recuerda al melocotón. Los alemanes le llamaron Ortega en honor al filósofo de la calle de Lista.

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