MARÍA Teresa Fernández de la Vega no es sólo una enorme trabajadora y el mejor pararrayos que pudo encontrar el señor Rodríguez Zapatero. Es una mujer brava, que no muestra el menor complejo ante la oposición. Tan completa como número dos del gabinete, que a veces merece el título de «presidenta-bis». Si el Gobierno fuera una sociedad anónima, se podría decir que tiene un presidente nominal y una presidenta ejecutiva, que es ella. Está en todas partes, por no decir en todos los charcos políticos. Es la voz y la presencia. Acude a los escenarios de las desgracias y está en los momentos de las decisiones. Mientras sus compañeros descansaban, ella visitaba los países que nos envían cayucos y los países europeos que nos deben ayudar. Mientras el presidente se queda para los grandes discursos, ella está en la cocina del poder.
Ahora caen bajo su responsabilidad y coordinación todos los perfiles de la inmigración, en ese confuso tropel que deteriora a tantos ministerios. Ella fue la que transmitió la primera señal de cambio de política, en la reciente «cumbre» de los embajadores de España. Allí fue la presidenta que les llevó la doctrina oficial, mientras Zapatero ejercía de secretario general del partido y recibía en la Moncloa al ministro de Industria, todavía alcalde de Barcelona. Fue, por tanto, la que sacó al Gobierno del buenismo y de ese espíritu de ONG que le lleva a considerarse benefactor de todos los sin papeles del mundo.
Y ayer, la señora De la Vega tuvo que comparecer ante el Congreso. Naturalmente, para hablar de inmigrantes. Y habló con esa falta de complejos que he mencionado. Asombró a los presentes con su contundencia y le espetó a la oposición algo que sonó así en el hemiciclo: «En vez de arrimar el hombro, lo que ustedes quieren es rompérnoslo a nosotros». ¡Cómo lo sabe, señora! Si la oposición quisiera arrimar el hombro, no tendría por qué aceptar ese «pacto nacional» que le ofrecen y que, ciertamente, llega tarde y suena como petición de auxilio y cese de hostilidad. Pero aceptaría un mayor cupo de inmigrantes en las comunidades que gobierna. Dejaría de hacer victimismo sobre la idea -incierta- de que se envían sin papeles a municipios y autonomías del PP como si eso fuera un castigo electoral. Y dejaría de crear un clima que a veces corre el riesgo de fomentar la xenofobia.
A lo mejor, esa forma de patriotismo tenemos que buscarla en el exterior. Por ejemplo, en la cancillera alemana, Angela Merkel, que comprende la situación fronteriza de España, promete su ayuda y anuncia que la promoverá el próximo semestre, cuando asuma la presidencia de turno de la Unión. Pero claro: Angela Merkel no se presenta a las elecciones en nuestro país.

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