La Vanguardia del 4/IX/2006 publicó un artículo en el que Manuel Trallero alude a mi persona con su característico rebuzno tergiversador y calumnioso. En ese artículo, titulado "Lo que va de El Prat al Prestige",al final del mismo y sin venir a cuento, del modo más zafio, bilioso y mamarracho, el periodista se permite establecer una relación absurda entre la culpa asumida recientemente por el novelista alemán Günter Grass y una supuesta culpa mía por haber mentido. El rebuzno viene de lejos. Con ese estilo bronco y palurdo que le ha dado fama, Trallero compone el texto dando palos de ciego a la derecha y a la izquierda, y, acto seguido, a cuenta de no se sabe qué, remata la faena así: "Menos mal que el señor Günter Grass ha reconocido algún capítulo inventado de su pasado; el señor Juan Marsé ni eso: insiste en que vio con sus ojitos el coche y el lugar en que enterraron a la heroína de Si te dicen que caí. No tienen remedio. La izquierda es así, nunca llegará a crecer, prefieren a Fidel Castro".

Lo de Castro como ejemplo de mis preferencias a la izquierda no sólo es tendencioso, es falso. Pero vamos a dejarlo. Tampoco voy a perder el tiempo demostrando al tronante y enrabietado publicista (no sé qué espera para pedir plaza en la Cope y codearse con Jiménez Losantos y cavernícolas afines) que, mal que le pese, estos ojitos vieron el coche y el lugar donde, la noche del 11 de enero de 1949, fue asesinada la persona que aparece en algunos episodios de la mencionada novela. Vivía yo entonces con mis padres a escasos trescientos metros de la calle Legalidad esquina Escorial, donde ocurrieron los hechos. El insidioso cronista puede creérselo o no, pero no le consiento que me llame embustero ni que venga a pedirme cuentas.

Como he dicho antes, el rebuzno viene de lejos. Trallero el intrépido reportero no me ha perdonado que urdiera sobre aquel crimen una trama novelesca, y anda emperrado de hace tiempo en desautorizarla. Y aquí es donde el asunto tiene cierto interés, siquiera sea meramente zoológico: a saber qué entenderá Trallero por novela, pero está claro que alguna diarrea mental de su belicoso ego le impide distinguir la crónica periodística de la literatura de ficción. Es bien sabido que muy diversos géneros literarios - ensayo, memorias, ficción y crónica periodística- andan hoy muy mezclados, pero una cosa es mezclar los géneros y otra muy distinta confundirlos y hacer con ellos un pan como hostias, que es justamente lo que pasa a este azote de imposturas públicas y privadas con su irreprimible hostilidad hacia todo lo que huela a novela y novelistas. Ignoro la causa de esa inquina, pero me inclino a pensar que proviene del altísimo concepto que tiene de sí mismo y de su propio quehacer. Adalid de un pretendido periodismo rompedor y de denuncia, paladín aguerrido y puntual de la verdad verdadera, frente a cualquier atisbo de imaginación literaria, de recreación de la realidad, manifiesta un complejo de inferioridad y unas rabietas que a menudo le llevan al disparate y al exabrupto. Un ejemplo: en su propio libro-reportaje sobre el famoso, y ya plasta por archisabido, asesinato de la prostituta Carmen Broto, escrito con ínfulas risibles de versión definitiva y canónica en colaboración con Josep Guixá (el "Negro de Trallero", así firma el cándido coautor una carta que conservo), publicado hace unos meses y presentado en sociedad por Arcadi Espada y Màrius Carol (por cierto, qué ojo el de estos chicos para detectar la calidad, objetividad y veracidad periodística), no contento con arremeter contra mí en una página sí y otra también, y de dedicar toda clase de burlas y chascarrillos a varios pasajes de Si te dicen que caí, porque, según él, la obra no refleja la verdad verdadera del caso, como prueba evidente de mi impostura cita el episodio en el que se narra como un muchacho, un aprendiz de un taller de joyería, entra en el hotel Ritz para entregar una pieza de encargo a una señora que se aloja allí.Para Trallero, ese pasaje es un ejemplo palpable de cómo tiendo siempre a falsear la realidad, porque jamás de los jamases, argumenta convencido, en los años cuarenta habrían dejado entrar a un pobre aprendiz de joyero en el selecto hotel Ritz. Quizá imagina que los aprendices iban zarrapastrosos e impresentables. En todo caso, vaya por delante que el perspicaz publicista de la realidad "real" no sabe que, en una novela, verdad y verosimilitud son dos cosas distintas. Pero lo realmente gracioso del asunto es que este aprendiz entrando en el Ritz ¡es un "hecho real", estoy por decir el único verdaderamente real y autobiográfico de una obra en la que predomina, eso sí, mucha fabulación enmascarando memoria personal! Yo era - aunque a efectos estrictamente literarios poco importa- ese aprendiz que a los catorce años acudía al hotel Ritz a entregar joyas, y fui muchas veces, y nunca nadie me impidió entrar.

Ese predominio de la charlatanería sobre la verdad, esa confusión interesada entre arte y chismorreo, ese todo vale para conseguir audiencia, esa ignominia, está siendo cada día más apestosamente mediática y más consentida y jaleada en los mismos medios. Hace mucho tiempo, Federico Nietzsche lanzó una profecía terrible: "Cien años más de periodismo y las palabras apestarán". No comparto esa opinión, el ejercicio del periodismo me merece el mayor respeto, pero ciertamente hay sujetos que parecen haberse empeñado en que la profecía se cumpla.