El «fracaso escolar», de Manuel Martín Ferrand en ABC
SON tantos los sabiondos que rigen nuestro sistema educativo que el resultado final resulta catastrófico. Pudiera ser, como apunta la OCDE -donde tampoco se sientan los siete sabios de Grecia-, que el capítulo correspondiente en el Presupuesto resulte escaso; pero, como corresponde a los arranques y finales de curso, ya estamos ante el «fracaso escolar». Algo inquietante. A pesar del escaso rigor que emana del Ministerio de Educación, y de sus metástasis autonómicas, uno de cada tres alumnos ha repetido curso a lo largo de su enseñanza secundaria -tres veces más que la media europea- y casi cuatro varones de cada diez la abandonan cuando llegan a ella, sólo una chica de cada cuatro.
A pesar de esos datos y otros parecidos, se pueden sacar muchas conclusiones. Quedan al descubierto la imperfección del diseño y las normas escolares, la carencia de la exigencia familiar hacia los alumnos, el desapego de éstos por el conocimiento, la necesaria adecuación del profesorado y, algo más polémico, se abre el debate sobre los límites de la «enseñanza obligatoria», que muchos rechazan, y la Universidad como meta única en el proyecto biográfico de la juventud.
Ya entiendo que el debate nacional, el verdadero, debe cursar sobre las penas de Isabel Pantoja o el garbo danzante de Carmen Martínez-Bordiú; pero, si nos quedara un atisbo de sentido común, hablaríamos de estas cosas en los parlamentos, las televisiones y la calle. Uno a uno y colectivamente debemos tomar conciencia del daño que ya genera ese «fracaso escolar» al que nos asomamos dos veces al año y, más todavía, al daño futuro que germinará del fracaso presente.
Muchos entre cuantos hoy aprenden algunas vagas ideas sobre los temas centrales del saber y lo hacen con desgana, contra su deseo y voluntad, terminarán siendo, en alto porcentaje, titulados superiores. Tras el «fracaso escolar» y su geométrico desarrollo universitario -no se puede aprender sin bases sólidas- alcanzarán cargos de relevancia en la sociedad.
Instalados en la complacencia y el rendimiento electoral de cualquier decisión política, no será fácil que lleguemos a conocer una verdadera reforma educativa inspirada en el rigor y la exigencia. En eso, desde antes de la Transición, seguimos una línea de declive que, encubierta por lo cuantitativo, no evidencia su calamidad cualitativa. La enseñanza debe estar, en cualquier nivel, al alcance de todos... cuantos la quieran recibir con dedicación y esfuerzo. Su muy discutible obligatoriedad -a partir de la básica- no puede servir de coartada para que, de curso en curso, disminuyan los niveles de exigencia, aumente el porcentaje de desertores y se dé por convenientemente educada -hombres y mujeres para el mañana- una inmensa pandilla de analfabetos encubiertos.
