La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

12 Septiembre 2006

Un poco más seguro en este mundo, de Robert Fisk en La Vanguardia

Cada vez que entro en Estados Unidos me pregunto qué me tendrán reservado los muchachos del Departamento de Seguridad Nacional. Sin embargo, la semana pasada en fue pan comido. Llegaba procedente le dije al joven del mostrador, e iba a hablar en un congreso musulmán. "Vaya, debe de haberlo pasado bastante mal ahí en el Líbano", respondió compadeciéndose de mí; me estampó el pasaporte en menos de 30 segundos y me lo devolvió con un saludo de guión: "Aquí tiene, compañero". Pasé la aduana, ensillé mi blanca montura en el aparcamiento y partí hacia el creciente islámico que ondeaba sobre Chicago. ¡Allá va Fisk!

Había olvidado la gran cantidad de musulmanes estadounidenses que proceden de Asia sudoccidental más que de Oriente Medio, con lazos familiares pakistaníes e indios más que sirios, egipcios, libaneses o saudíes. Yla multitud, en su mayoría suní, de 32.000 personas que se congregó con ocasión de la cita anual de la Sociedad Islámica de Norteamérica no estaba formada por vendedores de perritos calientes, botones y taxistas de Nueva York. Formaban parte del núcleo de las clases medias estadounidenses, abogados de empresas, promotores inmobiliarios y propietarios de cadenas comerciales.

Tampoco eran esos musulmanes dóciles, despreciables y asustados sobre los que nos hemos acostumbrado a escribir tras los crímenes internacionales contra la humanidad del 11 de septiembre del año 2001. A los 12.000 musulmanes presentes en un inmenso auditorio de Chicago dije que Oriente Medio nunca había sido tan peligroso. Condené al dirigente de Hezbollah Sayed Hassan Nasrallah por decir que no había sospechado que los israelíes responderían de modo tan salvaje a la captura de dos soldados israelíes y la muerte de otros tres el pasado 12 de julio. Más tarde, un honorable imán me dijo: "Lo que ha dicho sobre el jeque Hassan (sic) me ha parecido casi un insulto". Sin embargo, resultó claro que no era eso lo que pensaba el público.

Un estruendo de aprobación resonó cuando les dije que, en tanto musulmanes estadounidenses, podían exigir un derecho a réplica cuando los grupos de presión afirmaban de forma maliciosa que existía una red de atacantes suicidas en el seno de su comunidad totalmente respetuosa con la ley. Aunque los avisé de que prestaría gran atención a su respuesta a mi siguiente frase. Y les dije que debían sentirse con toda la libertad para condenar - y que debían condenar- los regímenes musulmanes que recurrían a la tortura y la opresión, aun cuando esos dictadores vivieran en la tierra de la que procedían sus familias. Y esos miles de musulmanes se pusieron en pie y aplaudieron y proclamaron a gritos su conformidad con más emoción y fervor que cualquier soflama no musulmana acerca del terrorismo árabe.No había esperado tal reacción.

Cuando unas horas más tarde firmé ejemplares de la edición estadounidense de mi libro sobre Oriente Medio - la verdadera razón, claro, de mi viaje a Chicago-, se me acercaron esas mismas personas para explicarme que no eran musulmanes estadounidenses, sino estadounidenses musulmanes, que el islam no era incompatible con la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Algunos tenían historias muy trágicas. Un joven había redactado una breve frase para que la escribiera en la dedicatoria de su ejemplar. "Para mis padres y hermanos - había escrito en un papelito rosa-, que perecieron a manos de los jemeres rojos de Pol Pot en Camboya. Yousos Adam". Levanté la mirada y vi al joven con lágrimas en los ojos. "Estoy en contra de la guerra", dijo, y desapareció entre la multitud. Había también ahí otras personas más obsequiosas: un periodista pakistaní, por ejemplo, que quería que hablara sobre el amor a la paz de su país... hasta que empecé a describir la prolongada relación secreta entre el servicio de inteligencia pakistaní y los talibanes, momento en que la entrevista concluyó rápidamente.

También encontré a un joven de rasgos asiáticos que me dijo ser "el señor Yee, el imán de Guantánamo", el mismo señor Yee vil y falsamente acusado por las autoridades estadounidenses de pasar mensajes de Al Qaeda mientras daba asistencia espiritual a los reclusos del campo de prisioneros más lujoso de Estados Unidos. Sin embargo, no vi amargura en ninguna de esas personas. Sólo una especie de pesar creciente por la forma en que la prensa escrita y la televisión estadounidenses no dejan de describirlos - a ellos y a todos los musulmanes del mundo- como una raza extranjera, cruel y sádica.

Una mujer me mostró un artículo de junio de este año publicado en The Toronto Star sobre la ciudad israelí de Sderot, blanco de cientos de cohetes palestinos lanzados desde Gaza. "Atacados en la zona cero de Israel", decía el titular. "¿Cree en esta clase de periodismo, señor Fisk?", quiso saber la mujer. Y estaba a punto de soltarle una conferencia sobre las "dos caras de la moneda" cuando vi que el artículo decía que sólo cinco israelíes habían muerto en Sderot en cinco años. Sí, todas las vidas son iguales. Pero, ¿quién había decidido en The Toronto Star que una ciudad israelí con un asesinado al año era igual que los 3.000 muertos en dos horas de la zona cero de Manhattan? Al parecer, todos los muertos son iguales en la prensa norteamericana, pero algunos son más iguales que otros.

Y no dejé de notar hasta qué punto Thomas Friedman de The New York Times se dedicaba a echar leña al fuego. Se trata del mismo hombre, un viejo amigo, que escribió hace unos pocos años que los palestinos creían en el "sacrificio de niños", porque permitían a sus hijos el lanzamiento de piedras contra los soldados israelíes que luego con toda amabilidad los abatían. Vergonzosamente para los musulmanes con los que hablé, Friedman se dedica ahora a "animalizar" - como muy bien dijo una muchacha- a los iraquíes, y me mostró un recorte de un artículo de Friedman que concluía con estas palabras: "Será una tragedia global si acaban (los insurgentes iraquíes) teniendo éxito, pero... el Gobierno estadounidense no puede seguir pidiendo a sus ciudadanos que sacrifiquen a sus hijos por personas que se odian entre sí más de lo que aman a sus propios hijos".

Ya estamos otra vez, pensé. Los musulmanes sacrifican a sus hijos. Los musulmanes odian más de lo que aman a sus hijos. No cabe sorprenderse, supongo, de que a sus retoños las balas israelíes les atraviesen el corazón en Gaza, igual que hacen las balas estadounidenses en Iraq, ni de que las bombas israelíes los aniquilen en Líbano. Todo es culpa de los árabes.

Y, sin embargo, en Chicago se reunieron 32.000 musulmanes para rechazar todas las calumnias, los sofismos y las mentiras, y para proclamar que se sentían orgullosos de ser estadounidenses. Y supongo - siendo como soy un hombre que se levanta todas las mañanas en su apartamento de Beirut preguntándose dónde será la próxima explosión- que me sentí un poco más seguro en este mundo.

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