La asociación cultural Amigos de Ribadesella acaba de premiar un manuscrito mío y su presidente, el magistrado Alejandro Criado, me dice que se publicará un año de éstos. Se lo agradezco de todo corazón, pues el destino de todo libro es ser publicado y ocupar un hueco en algún mueble de la casa. El libro, que lleva bastantes fotos de la época (inéditas muchas de ellas), se titula «La aventura indiana de Miguel Llano. Cartas de un empresario riosellano en la época de la Revolución de México». El material que me sirvió de base, conservado por Raúl Llano y facilitado por Pepín Ruisánchez, son precisamente dos centenares de cartas escritas por el indiano desde la capital mexicana a su familia de Ribadesella, a socios de su empresa de abarrotes y a otros amigos de España y Cuba entre los años 1908 y 1914, año en que regresó a España. La historia de Miguel Llano Margolles comenzó como la de tantos otros, en una aldea pobre y en una familia modesta, con todas las papeletas en el bolsillo para tomar el camino de la emigración. Nació en Fresnu, un barrio de El Carmen, en 1863, y a los 13 años partió para Cuba, donde se inició desde el escalón más bajo en el negocio del comercio de abarrotes. La experiencia cubana no le resultó buena ni en lo ideológico -era masón, pero de la rama pro española, enfrentada a la rama criolla, independentista- ni en lo comercial, así que antes de fin de siglo se trasladó a México, donde el régimen liberal (liberal en lo económico) de Porfirio Díaz ejercía de imán para todos los que querían hacer fortuna en el Nuevo Mundo. En la capital azteca, trabajando como encargado de un almacén de abarrotes, le cogió el tranquillo al negocio y enseguida se pudo emancipar y crear su propia empresa, ayudado por sus dos sobrinos (aún estaba soltero) Antonio y Abelardo Llano, riosellanos de El Carmen.
En 1908 ya está al frente de una empresa puntera (entonces Llano y Cía., y hoy Industrias Pando, por Elías Pando, su sucesor), con potentes socios capitalistas, buenas amistades entre la élite de la colonia española y crédito en los principales bancos del país, algo imprescindible para su ambicioso plan de trabajo: en esos años anteriores a la Revolución, además de trabajar con otros productos agrícolas, pretendió hacerse con el monopolio de la caña azucarera mexicana, en abierta competencia con el resto de los almacenistas de caña, que estaban agrupados en un sindicato patronal fuerte, de carácter nacional. Era él contra todos y a punto estuvo de vencer, aunque el estallido revolucionario, que se llevó por delante a casi todos los ingenios azucareros del país, frenó la expansiva carrera empresarial de Miguel Llano y de otros españoles (los «gachupines»), que eran las bestias negras del nuevo régimen de Doroteo Arango, más conocido como «Pancho Villa». En estas cartas de Llano se puede seguir el proceso de deterioro de la economía del país en esa época, el desplome empresarial, el repliegue bancario y el final del «Porfiriato», un hundimiento que Miguel Llano atribuye no exactamente al dictador Porfirio Díaz, a quien venera, sino a los caciques corruptos de los diferentes estados mexicanos y a la acción de los «científicos», una casta de tecnócratas protegida por el presidente.
También son interesantes estas cartas por la información que aportan sobre la Escuela de El Carmen, levantada en 1900 a costa de Ramón Cifuentes y del Ministerio de Instrucción Pública. En 1908 Miguel Llano, que no había podido participar en su creación, instauró desde México un premio anual para el maestro, como forma de estimular la enseñanza, mal pagada entonces, y otro para el alumno más aplicado, que consistía en cien pesetas en metálico o -a escoger- un traje de indiano, un pasaje para México y un puesto de trabajo en la empresa de Miguel Llano, un verdadero sueño para cualquier chaval de la parroquia de Moru y de aquella Asturias bella y miserable.

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