El GPS se impone. Ya no sólo entre taxistas y transportistas. Este verano he comprobado que muchos de los vehículos de alquiler también disponen de él, pagando un suplemento. Las siglas GPS (Global Positioning System) contienen dos de las palabras más lamentables del siglo XXI: posicionamiento y global. Dos de tres, porque lo del sistema ya remite al siglo pasado. Según leo en Wikipedia, el sistema en cuestión funciona mediante una red de 24 satélites (21 operativos y 3 de respaldo) que están en órbita a 20.200 kilómetros de la Tierra, con trayectorias sincronizadas para cubrir toda la superficie del planeta. Es decir que, vayamos donde vayamos, el sistema nos tiene controlados (atención: esta última frase admite una doble lectura, negativa o positiva, según si la mentalidad del lector es más siglo XX o más XXI). La generalización del GPS tendrá consecuencias. Una debería ser un drástico bajón en la edición de guías callejeras y mapas de carretera. Dentro de nada, los expositores de desplegables que pueblan las áreas de servicio quedarán arrinconados junto a los míticos expositores de casetes con la ya llamada música de gasolinera.Comprar un mapa de papel será equivalente a comprar un disco de vinilo, y sin duda aparecerán apasionados defensores de su pervivencia que reivindicarán el placer de desplegarlo en el capó de un vehículo parado en las costas del Garraf en un día ventoso. Tal vez incluso entrarán en el circuito de las subastas y un buen día pujaremos en eBay por una guía urbana Pamias de Barcelona 1992-93 como la que aún llevo en la guantera.

Pero no todas las consecuencias son tan previsibles. La generalización del GPS también provocará muchas crisis de pareja. Uno de los escenarios habituales de bronca conyugal es el cubículo del automóvil. Sobre todo en vacaciones, al transitar por calles y carreteras desconocidas. Basta recordar un título clásico de Allan y Barbara Pease, la pareja de oro de la psicología barata: ¿Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no saben leer mapas?

A la tensión que comporta conducir se añade el miedo a equivocarse. Ante un cruce hay que tomar una decisión en pocos segundos. La bronca está servida. O lo estaba. Desde que una pareja se transforma en triángulo y permite que la voz del GPS dirija sus evoluciones circulatorias, la conducción se apacigua, el copiloto se relaja y las hostilidades cesan. Dentro del vehículo, claro, porque al desaparecer la bronca desaparece también su efecto catártico. La pregunta es: ¿dónde estallarán ahora las tensiones latentes que quedaban desactivadas con cuatro gritos dentro del coche? Lo más probable es que la brega se desplace a otros ámbitos, tal vez no tan inocuos. O, dicho en otras palabras, puede que la pareja acabe afirmando que "contra el mapa vivíamos mejor".

Hay, no obstante, una luz al final del túnel. En el 2010 la Unión Europea lanzará un sistema europeo llamado Galileo. Entre otras cosas porque el GPS es un sistema norteamericano de carácter militar y el Departamento de Defensa se reserva la posibilidad de introducir errores de entre 15 y 100 metros en la localización que ofrece, sin incurrir en ningún tipo de responsabilidad por cualquier accidente derivado. O sea, que no sé a qué viene tanto relajo.