Buenos días, no puede pasar", fue la primera frase que escuchamos la Diada Nacional. Nos la dijeron una mossa y un mosso d´esquadra cuando íbamos a poner una flor en el monumento de Rafael Casanova, héroe nacional de Catalunya. Era en el mismo lugar donde la policía gris de Franco nos golpeó, nos disolvió y no nos detuvo porque éramos jóvenes como esos mossos y corríamos más que aquellos grises. Preguntamos la razón y nos contestaron, perdonándonos la vida: "Ésta es la calle de salida y tiene que ir por la entrada". Obedecimos como corderos camino del sacrificio pascual y desembocamos en una calle rodeados de okupas, de personal alternativo y de una gente que protestaba porque los bancos han puesto las hipotecas a cien años vista. Allí no había mossos de uniforme y los de paisano hacían ver que eran turistas.
Como Nino Bravo cantaba durante la dictadura: "Libre, yo soy libre", partimos hacia la Ciudatella. En las puertas, más mossos que organizaron un colapso como los de las autopistas de peaje y los de los controles de la consellera Tura.
Más adelante, otra mossa, otro mosso y una jefa de protocolo a la que nadie ha votado, pero a la que su carnet de partido le permite comer de nuestros impuestos, nos cerraron el paso a la zona de sombra para invitados. Bajo un sol impío, escuchamos junto al pueblo llano cómo Marina Rossell malinterpretó la sardana que llora por Catalunya y nos apenó que nuestro país no tenga una cantautora que la jubile. Nos sorprendió que, tras tanto tiempo de vivir en Catalunya, Paco Ibáñez tradujese al español una canción vasca que, al parecer, no se puede traducir al catalán. Nos fascinó que una portuguesa convirtiese en fado lacrimógeno la Gavina cagadora,perdón, voladora.Y nos partió el lagrimal que la Escolania de Montserrat entonase una versión tan angelical de Els segadors que no logró que "tiemble el enemigo" ni que se cuadrasen y saludasen los mossos y mossas que fumaban y "apatrullaban" por la Ciutadella.
Visto y sufrido que la escenografía del teatro institucional era culpa de Joan Ollé, el dramaturgo más orgánico de los socialistas, huimos hacia el Fossar de les Moreres. Allí se supone que "no se entierra a ningún traidor", ni que sea en ataúdes de cartón como los que promociona la concejala Mayol. Había un cartel que advertía: "Esto no es España", aunque estaba mejor diseñado uno que anunciaba: "Compramos edificios", firmado por una inmobiliaria. Mientras tragamos un discurso en español de un batasuno navarro que contaba la larga y aburrida historia de las "navarras y navarros" y un cuento sobre "los asesinatos de demócratas que se practican en las mazmorras del Estado español", vimos que lo más seductor de los tenderetes independentistas de nuevo cuño eran unos tangas mínimos e intimistas con la senyera estelada.
Solos y erotizados, nos refugiamos en el paseo Lluís Companys, donde había tenderetes tan surtidos y variados como los de un zoco árabe. Nos llamaron la atención un palestino más solo y olvidado que Septiembre Negro, y otro donde un vídeo prometía que en "el 2014, el Principado de Catalunya será independiente". Echamos cuentas a ojo de buen cubero y grande fue nuestro desconsuelo al calcular que, para entonces, aún no habremos abonado la hipoteca a cien años de los bancos españoles y europeos.

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