Después de 30 años el nacionalismo sigue siendo el asunto unicelular del país. Algunas catas ligeras en los periódicos españoles de este tiempo (catas que desarrolladas en alguna tesis formal serían de una pedagogía utilísima) dan unos resultados asombrosos, aunque no sorprendentes: sólo se ha hablado de nacionalismo. Es más: cualquier argumento español acaba recalando en el nacionalismo. Sea el agua (trasvases) o el fuego (incendios): el nacionalismo es el elemento primordial de la vida política. La obstinación española no tiene comparación posible.
Naturalmente en todos los países hay debates estructurales que tienden a la repetición cíclica.
Los sindicatos en Gran Bretaña, el racismo en Francia, la mafia en Italia, o la memoria en Alemania. Pero estos debates, o bien acaban, o se transforman. Por el contrario una de las características del debate español es su circularidad. Hoy se repite, y casi con las mismas palabras, lo que se decía en 1977. Por no remontarse a los años de la República. Lejos de haber experimentado algún progreso el nacionalismo adquiere, también en este sentido, el perfil inmóvil de la superstición, que ni se destruye ni se transforma. Como cualquier otro fenómeno al margen de lo real y a salvo del compromiso de verificación las proposiciones nacionalistas sólo pueden entenderse mediante un previo y sectario pacto de sangre que excluye el sentido común, es decir, el sentido de todos. Ayer, por último y desasosegante ejemplo, el aún presidente de la Generalitat, declaraba que la independencia era una pretensión «ridícula» y que Cataluña había llegado a donde quería, esto es, a que el parlamento español la considerara una nación. Por supuesto que la pretensión independentista es ridícula, y ése quizá sea el adjetivo que mejor le cuadre. Pero lo realmente singular es el trepanado de estas proposiciones. Una de ellas es falsa empíricamente: el Parlamento español no ha reconocido que Cataluña sea una nación; ni siquiera lo ha hecho el catalán en un acto jurídico digno de tal nombre. La otra es puramente extraordinaria a poco que se fije la vista en ella: ¿qué será una nación al margen de su pretensión de independencia? Somos una nación: pero no ejerceremos el derecho de serlo para no caer en el ridículo. Oh, oh. Maragall es un socialdemócrata sencillamente emocionante: pero no importan tanto sus desvaríos como la corrompida legitimidad que los hace públicos.
Treinta años ya viviendo política e intelectualmente del nacionalismo. Chutando a puerta vacía.
(Coda: «Es preciso cortar bien el pepino en rodajas, aliñarlo con pimienta y vinagre y tirarlo después a la basura por inútil». Samuel Johnson, citado en Miscelánea Gastronómica de Schott. El Aleph, 2005.)
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Claro; ni se destruye ni se transforma... porque va extinguiéndose, simplemente... Y nos referimos al debate político, sobre las cosas públicas y la gestión colectiva de lo común por el aparato que para ello tienen las sociedades: el Estado (en su sentido más amplio, incluidas todas las suertes de administraciones central, autonómicas o locales).
Lo acaba de pintar muy claro, con vívos brochazos en su última columna, Daniel Martín ("El fracaso del Estado", http://www.estrelladigital.es/a1.asp?sec=opi&fech=12/09/2006&name...)= 'La cuestión ya no consiste en cómo queremos organizarnos, sino saber si realmente podemos considerarlo un Estado'.