¡Pobre Natascha! Primero ocho años secuestrada y viviendo en un zulo sometida a los caprichos de una persona que en el mejor de los casos cabe calificar de desequilibrada. Y, ahora, cuando recupera la libertad, se la somete a la vorágine de la avaricia informativa. Todos quieren saber de ello y de su vida, y cuantos más detalles escabrosos puedan salir a la luz, mejor.

Lo que ha ocurrido - y no me refiero al secuestro- resulta inexplicable. Que una joven liberada sea atendida por psicólogos para superar el choque de la vida en libertad tiene sentido; que estos psicólogos demoren el contacto de la joven con sus padres para favorecer un mejor clima para el reencuentro se entiende; difícilmente, pero se entiende. Pero que estos psicólogos autoricen, permitan y faciliten entrevistas a los medios de la joven Natascha resulta difícil de aceptar. En todo caso, no se alcanza a entender qué efecto beneficioso - que no sea el económico- va a reportar a la joven su aparición televisiva.

No se puede evitar la sospecha de que la entrevista ha sido un pacto con los medios de comunicación para evitar la persecución de Natascha por parte de los paparazzi. Hoy, Natascha, es un objetivo más valorado que cualquier artista, rockero, futbolista, etcétera. Y con los medios no se juega. Había que pactar con ellos, y así construir alrededor de Natascha un entorno de intimidad.

Con ello, a esta joven siguen secuestrándole su libertad. Un loco no la dejó ser y vivir como ella hubiera deseado durante ocho años de su vida. Y ahora se pretende convertirla en noticia permanente para satisfacción de los lectores ávidos de noticias truculentas. Su libertad, su persona, su vida no importan; lo que realmente interesa es que nos cuente sus desgracias aun cuando con ello la sigamos manteniendo en la misma desgracia.

Del primer secuestro, sólo un loco era responsable. De lo que ahora le ocurra podemos ser responsables todos. Seguramente los psicólogos que la atienden deben pensar en todo ello, pero desde la distancia no se alcanza a entender de qué manera.

¿No la podríamos dejar en paz? ¿Sería tanto pedir un poco de respeto por su libertad individual y su intimidad?

Verdaderamente, ¡pobre Natascha!