Nada es ya lo mismo, de Consuelo Sánchez-Vicente en La Vanguardia
El primer pensamiento y las primeras palabras del ejercicio de memoria colectiva que todos estamos haciendo en este quinto aniversario del 11-S sólo pueden ser de compasión hacia las víctimas y sus familiares y de solidaridad con el pueblo de Estados Unidos. Pasará mucho tiempo antes de que podamos ver esas imágenes sin que se nos salten las lágrimas, por ellos en primer lugar, pero también por todos nosotros. Por el dolor que aún producen las miles de vidas que aquel día segó o destrozó para siempre la sinrazón terrorista, y por el también altísimo precio en vidas del gran error que pudimos no cometer y cometimos después: la guerra de Iraq.
Una guerra ilegal sólo puede basarse en mentiras, y las dos grandes mentiras en las que se basó el trío de las Azores para invadir ilegalmente Iraq - llamemos a las cosas por su nombre, a la guerra, guerra, y a la invasión, invasión- ya son lo que las Torres Gemelas de Nueva York: escombros. Pese a los miles de muertos sobre el terreno y las torturas de Abu Ghraib, Guantánamo o los vuelos de la CIA, las famosas armas de destrucción masiva que según Bush atesoraba Sadam y que Blair y Aznar casi juraron haber visto con sus propios ojos, siguen sin aparecer. Y el propio Senado de Estados Unidos acaba de concluir que tampoco hubo nunca la menor relación entre el depuesto dictador iraquí y Al Qaeda.
En cuanto al objetivo estratégico de "combatir el terrorismo islamista en su cuna y extender la democracia", ¿qué decir que no parezca un cruel sarcasmo dada la sangría imparable de Iraq? El país está al borde de la guerra civil. Y la única plaga que no tenían con Sadam Hussein, el terrorismo islamista, hoy forma parte de su paisaje
Nada es ya lo mismo. En aras de la seguridad hemos sacrificado cotas de libertad que tal vez nunca volvamos a disfrutar. Pero, creo - tal vez sólo quiero creer- que hay luz al final del túnel. En las crisis de Irán, de Corea o de Líbano, Estados Unidos está apostando, con la ONU, por la diplomacia. Gracias, en gran parte, al amor por la democracia que caracteriza al pueblo de Estados Unidos, la idea de que ésta se puede imponer a bombazos o que invadir un país sirve para combatir el terrorismo pronto podría ser lo que pronto será Bush: un mal sueño.
