Coincidiendo con la ley de la memoria histórica, asistimos a un vendaval de aniversarios, a una nueva guerra - la de las esquelas- y a una más exigente toma de conciencia de las responsabilidades que nos incumben como país en el plano internacional. A partir del momento en que los españoles volvieron a ser dueños de sus destinos, es decir, de la Constitución de 1978, España pudo abandonar el jardín de infancia en que estaba recluida la dictadura franquista a la sombra de Washington y tomar los compromisos internacionales que le parecieron mejor.

Así se negoció la adhesión a la UE, se optó por la permanencia en la Alianza Atlántica o se sustituyó el oprobioso convenio de las bases americanas en nuestro territorio por un acuerdo que recuperaba la plena soberanía y concedía a las fuerzas aéreas y navales de EE. UU. determinadas instalaciones de ayuda (IDAS) y autorizaciones de uso (ADUS) en algunas bases españolas.

Se trataba de poner a España en su sitio, por decirlo con el título de aquel libro de Fernando Morán, que en seguida fue ministro de Asuntos Exteriores con Felipe González. Se terminaron muchos titubeos iniciales que pugnaban por sumar a nuestro país al movimiento de los no alineados y empezó a tenerse en cuenta la mejor defensa de los intereses nacionales en el ámbito internacional.

En esta situación nos incumbe pensar también cuál es el Marruecos conveniente. Porque Marruecos está en transición. El nuevo rey Mohamed VI impulsa una modernización democratizadora que debería anclar su país en una relación privilegiada con la UE. Muchos críticos consideran que el ritmo del proceso es insuficiente, pero la alternativa es una nueva hoguera fundamentalista a 14 kilómetros de nuestras costas.

Rabat ha desistido de las conmemoraciones del 50º aniversario de su independencia a lo largo del 2006 con el acariciado proyecto del año de Marruecos en España. La cuestión del Sahara habría aconsejado posponer estos programas para evitar su degeneración en conflictos cada vez que debieran aparecer por aquí las autoridades marroquíes. Pero, ¿cómo entender que los consulados en Rabat y Tetuán no hayan dado el visado a los ponentes de cursos organizados en las universidades de verano?