Francia se replantea la obligatoriedad de inscribir a los alumnos en el centro escolar del barrio, ante el fracaso de la ley de 1963.

El escritor norteamericano Edmund White describe en su obra The flâneur (algo así como El paseante ocioso),donde relata su estancia en París en los años ochenta y noventa, la sorpresa, cuando no estupefacción, con que los participantes en una culta velada a la que había sido invitado recibieron el siguiente comentario sobre los cambios acaecidos en la ciudad: "En primer lugar, el parisino medio ya no es blanco", afirmó. No era una hipérbole, por mucho que sus contertulios quisieran tomársela de este modo. Basta tomar el metro para comprobar hasta qué punto eso es realmente así. Pero también lo es que hay barrios casi enteramente blancos, como hay escuelas y colegios predominantemente blancos. La mixtura social que Francia quiso instaurar en 1963 en los centros escolares públicos, obligando por ley a inscribir al alumno en la escuela del barrio, no ha logrado alcanzar sus objetivos y hoy es puesta abiertamente en cuestión.

Los dos principales aspirantes a encabezar la batalla electoral por el Elíseo - Nicolas Sarkozy, en la derecha, y Ségolène Royal, en la izquierda- han planteado estos días sin tapujos la conveniencia de suavizar o incluso suprimir esta exigencia - conocida como carta escolar-, algo que sus defensores más acérrimos consideran un ataque en toda regla a los principios y valores fundamentales de la República. Sarkozy defiende lisa y llanamente la libre elección de centro escolar por los padres, mientras que Royal - duramente atacada por sus compañeros del Partido Socialista- ha debido contentarse con proponer la posibilidad de elegir entre dos o tres... Contrario a la supresión total, el primer ministro, Dominique de Villepin, anunció el pasado viernes su intención de abrir un "periodo de concertación" con todos los interlocutores del mundo educativo para abordar la posible reforma de la ley, pero sin derogarla. "Si se suprime la carta escolar, ¿con qué será reemplazada? Todo nuestro sistema escolar está basado en ella y su supresión sería más injusta y un formidable desorden", afirmó.

La carta escolar, aprobada en 1963 en paralelo a la creación de los colleges - donde actualmente se cursa el segundo ciclo de primaria-, tenía como uno de sus principales objetivos promover la mixtura social. Más de cuarenta años después, la realidad demuestra que no sólo no lo ha conseguido, sino que incluso ha sido contraproducente, sobre todo en las grandes ciudades. En París, por ejemplo, se calcula que el 40% de los alumnos no está matriculado en el centro que le correspondería. Los padres con recursos intentan evitar - aprovechando los recovecos de la ley- que sus hijos ingresen en los centros con fama de conflictivos o violentos. En el caso de los profesores - más informados que la media de padres sobre la realidad educativa-, esta práctica es dos veces más frecuente. La fórmula más habitual es domiciliar al hijo en casa de algún pariente o amigo, o alquilar un pequeño estudio cerca del centro escolar deseado: algunos padres, habida cuenta de los elevadísimos alquileres de la capital francesa, se juntan para afrontar el gasto (unos pagan el alquiler, otros dan de alta la electricidad, otros el teléfono...). La otra vía es acudir directamente a la escuela privada, especialmente la católica, que este año ha dejado en la calle - sin poder atender a la demanda- a 25.000 escolares.

Mientras las clases medias y altas procuran saltarse a la torera la carta escolar, los habitantes de las banlieue, donde se concentran los hijos de la inmigración, siguen condenados - por esa misma carta escolara inscribir a sus hijos en los peores centros escolares del país, donde se concentran todos los problemas. Hay un clamor para revisar este estado de cosas. "Con el fracaso de la mixtura social, la carta escolar se ha convertido en una de las mayores hipocresías de nuestro sistema educativo", sentencia Fadela Amara, presidenta del movimiento Ni putas ni sumisas, que defiende una mayor movilidad de los escolares. Lo mismo que François Dubet, director de estudios de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales: "Al final, la carta escolar acaba obligando a los más desfavorecidos a concentrarse en los establecimientos que los otros abandonan".