Algunos de los rostros más célebres que protagonizarán la Diada que se celebra hoy desaparecerán en unas semanas de la primera línea de la política para dejar un escenario completamente incierto en Cataluña.
La Diada que se celebra hoy tiene mucho de excepcional. Al igual que el 11 de septiembre de 2003, el hombre que ocupa la presidencia de la Generalitat dejará de serlo en apenas unos meses. Y, hoy como entonces, es una incógnita quién será su sucesor. Una de las pocas acciones de gobierno de Pasqual Maragall durante su breve pero intensa legislatura de tres años ha sido una profunda renovación de los actos institucionales del Onze de Setembre.Con Jordi Pujol, la Diada era una jornada reivindicativa heredera directa de la clandestinidad. Pero si los 23 años y medio de Pujol en el poder fueron los de la construcción nacional de Cataluña como una entidad casi equiparable al Estado sin que el Estado se diera cuenta porque había que levantarlo prácticamente desde cero, Maragall llegó al poder en 2003 con la obsesión de que todas las instituciones políticas reconocieran la realidad nacional de Cataluña como un hecho oficial. La reforma del Estatut, que acabaría por costarle la carrera a Maragall, era el eje principal del plan del aún president. Pero también lo era la reforma de las celebraciones de la Diada. Maragall diseñó un Onze de Setembre que, en la práctica, es un acto de Estado con su parada militar -integrada, eso sí, por mossos d'esquadra-, su homenaje a la bandera y sus himnos. El acto de hoy se parece mucho más a los fastos parisinos del 14 de julio que a las diadas anteriores al trienio Maragall. Tras los malosentendidos que acabaron provocando la ausencia de Pujol en los actos institucionales del Onze de Setembre de 2005, hoy, con toda probabilidad coincidirá con Maragall en el Parc de la Ciutadella en Barcelona. La presencia en el mismo acto del ex presidente de la Generalitat y del president saliente dará, sin duda, una imagen de normalidad democrática.Pujol y Maragall son la historia viva de la construcción del marco autonómico de Cataluña. El primero con su hegemonía política de casi un cuarto de siglo y su pragmática capacidad para enfrentarse al Estado y pactar con él, y el segundo como el protagonista de la necesaria alternancia que ha dado el colofón al proceso.Pujol no tuvo un rival a su altura que le disputara la presidencia de la Generalitat. A Maragall, que, en el fondo, a pesar de ser 10 años más joven que su predecesor, pertenece a la misma generación política que Pujol, le tocaba liderar el proyecto que llevaría a la izquierda al Govern y que cerraría la transición en Cataluña.
Y es que el próximo 1 de noviembre se consolidará un nuevo escenario político en Cataluña en el que la generación de la transición desaparecerá completamente del primer plano. Será una nueva clase política educada tras la desaparición de Franco la que regirá Cataluña. Son los sucesores de Pujol y de Maragall en el liderazgo de sus respectivas formaciones políticas, Artur Mas por CiU, y José Montilla, por el PSC, los que tienen opciones reales de alcanzar la presidencia de la Generalitat. La gestión del tripartito que llevó a Maragall a la Generalitat hace prácticamente imposible que ninguna de las tres fuerzas que lo conformaron -el PSC, Esquerra e ICV-EUiA- logre por sí misma ganar las elecciones. Pero eso no convierte a Mas en presidente de la Generalitat. Porque todo parece indicar que, si el PSC, ERC e ICV-EUiA suman 68 o más de los 135 diputados que componen el Parlament, Montilla intentará convertirse en president casi a cualquier precio, aunque CiU tenga 10 diputados más que los socialistas. Así que la cuestión está completamente abierta.
La depuración que Montilla y sus hombres de confianza están llevando a cabo en el seno del PSC y en las instituciones públicas controladas por el partido para eliminar a aquellos dirigentes sospechosos de maragallistas ha llevado a algunos observadores a interpretar que, en el caso de que el ex ministro de Industria y primer secretario de los socialistas catalanes logre convertirse en president, el PSOE será quien tome todas las decisiones en Cataluña. Pero nada parece más lejos de las intenciones de Montilla. Es cierto que en los últimos años las sensibilidades de los despachos de la barcelonesa calle de Nicaragua y de la madrileña de Ferraz parecen coincidir más que nunca. Pero la de Montilla no es una batalla ideológica sino orgánica. Los maragallistas están siendo depurados porque creen en un modelo político en el que las organizaciones y los recursos deben estar al servicio de un proyecto político basado en una cuestión ideológica de fondo. Montilla y los suyos creen que la organización debe ser la única protagonista. Por eso eliminarán a los dirigentes catalanistas, pero mantendrán el catalanismo reivindicativo en sus discursos y en sus programas, porque consideran que, de esa manera, el PSC, como organización soberana, se convertirá en una pieza fundamental para que el socialismo español pueda tomar cualquier decisión. Montilla no quiere ser el hombre de Zapatero en Barcelona porque vincularía su destino al del presidente del Gobierno. Quiere ser el socio catalán del PSOE. Por eso personajes como el conseller de Economia, Antoni Castells, estigmatizado no sólo por su pecado de maragallismo, sino por su herejía anterior -fue un destacado obiolista- están llamados a desempeñar un importante papel en el proyecto de Montilla.Un proyecto que se llevará a cabo casi con total seguridad si la CiU de Mas no logra más de 55 diputados en las autonómicas del 1 de noviembre. Unas elecciones a las que Pujol y Maragall acudirán por primera vez como meros espectadores.
felix.martinez@elmundo.es
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