La irrealidad, de David Torres en El Mundo
Vivimos en un mundo irreal, irreal por completo. Las teleseries no pueden competir con los telediarios. La novela retrocede ante el auge del periodismo y el descrédito de la ficción es absoluto. Por arriba y por abajo, en la sociedad, la moda y la política, se impone la irrealidad en todos los órdenes. Por ejemplo, jovencitas que parecen sacadas de un casting en Treblinka ocupan todas las portadas. En la Edad Media las actuales top-models no habrían servido ni para llevar una guadaña en un cuadro del Bosco: les falta chicha hasta para crucifijo. Pero en el canon estético actual, cuerpo es sinónimo de percha y, por eso mismo, en los camerinos de un pase de modelos hay menos carne que en la jaula de un jilguero. Hace sólo medio siglo, en la Pasarela Cibeles habría estado el doctor Mengele examinando a las modelos, a ver si ya estaban lo bastante famélicas como para amueblar las cámaras de gas. Hoy está la flor y la nata de la sociedad, aplaudiendo a altivos esqueletos de metro ochenta que desfilan sobre tacones. El siglo XX ha conseguido el milagro de que los cadáveres andantes de Calcuta y Darfur sean el epítome de la belleza.
Vivimos en casas que cuestan un ojo de la cara pero que, en realidad, no valen una pestaña. El metro cuadrado de aire donde apenas cabe el frigorífico equivale al sueldo de un año de vida. Uno cree que se está comprando una vivienda, pero la verdad es que se está agenciando un mausoleo. Cavamos nuestras tumbas hacia arriba, en cómodos nichos de 20 pisos. Los bancos han echado sus raíces en el cemento y el billetaje de los euros, decorados con arcos, puentes y acueductos, nos recuerda que nuestra única fe es el ladrillo.
Vivimos en países donde los hombres poderosos juegan al espectáculo. Hace sólo unas décadas, EE UU encargó a un actor profesional la tarea de hacer de presidente. La actuación de Reagan no cayó en saco roto: hoy lo fundamental de un político no es su ideología ni su programa, sino su corbata. Aquí los asesores de imagen presidenciales enseñan trucos tales como plantar los pies encima de la mesa o atarse un pañuelo palestino al cuello. Aznar parecía un director de pompas fúnebres poseído por el espíritu de la laca y Zapatero lleva las mangas cosidas del hombro al codo, para mover los bracitos como la Virgen de la Macarena. Los tipos que manejan los hilos del muñeco saben muy bien que, por mucho que hayamos avanzado en los años de la democracia, seguimos siendo básicamente un país de Semana Santa.
Para que no olvidemos que nuestros santos son de cera, en lo más alto de la pirámide social está el cenit de la ciencia-ficción: reyes de fábula y princesas de cuento de hadas. Pero, cuando de verdad hacen falta, como en la final de Japón, la silla está vacía. Es que la Familia Real es la más irreal de todas.
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