Es explicable la satisfacción social que ha provocado el congreso internacional de cardiología. Este tipo de convenciones son un formidable motor económico. Benefician a muchos sectores y contribuyen a equilibrar - gracias al poder adquisitivo y al convencional aliño indumentario de los congresistas- el perfil medio del visitante de Barcelona, una ciudad que está en riesgo de morir de éxito debido al auge del llamado turismo de chancleta. Menos explicable es la pérdida de sentido crítico de nuestros medios. Los periodistas no perdonamos un resbalón a nuestros políticos y nos escandalizamos ante cualquier opinión moralmente restrictiva de los jerarcas religiosos, pero hemos propagado sin prevención alguna todas las admoniciones de los médicos reunidos en Barcelona.

Estaba en la cocina, precisamente, preparando el almuerzo, y me quedé de una pieza al escuchar por la radio que el sabio Valentí Fuster exigía penalizar a los restaurantes que proporcionan a sus clientes raciones demasiado abundantes. Una cosa es defender al fumador pasivo y otra, completamente distinta, es determinar qué y cuanto debe comer el ciudadano. La humanidad tiene ya suficiente perspectiva histórica: sabemos que las sociedades más insoportables son aquellas que han sufrido poderes mesiánicos, poderes que se proponían cambiar de raíz los comportamientos humanos. Hasta ahí podíamos llegar, pensé mientras aliñaba unas berenjenas con el afrutado aceite de las Garrigues. Mañana caerá una tormenta liberal sobre el congreso de los cardiólogos, me dije. Pero apenas dos o tres gotas críticas han caído sobre sus radicales opiniones.

¿"Opiniones", he dicho? Debería haber escrito "sermones". Los cardiólogos avisaron de los tremendos riesgos que contraen, no sólo los obesos, los hipertensos y los que tienen el colesterol alto, sino también los sedentarios y los viciosos pecadores que comen demasiado. Recomendaron los cardiólogos dietas sanas, mediterráneas, ejercicio y moderación gastronómica. Si os portáis bien - parecían afirmar-, no moriréis nunca. De vez en cuando remataban el sermón con reflexiones de este calibre: "Desgraciadamente - dijo Fuster- somos adultos inmaduros". ¿Qué pretenden? ¿Salvar nuestro corazón o reformar nuestra humana condición? ¿Discurseaban como científicos o como moralistas?

Sin duda, como moralistas de nuevo cuño. Sacerdotes de la última idolatría: la idolatría del cuerpo, alrededor de la cual giran los trastornos, los delirios y las obsesiones de nuestro tiempo. La obsesión por el cuerpo, en efecto, es visible en los desarreglos alimentarios, en la obsesión por la imagen, en la aparición de identidades sexuales a la carta, en la moda de los gimnasios o de la cirugía estética y en el auge de la hipocondría. La idolatría del cuerpo está también en la base de un nuevo sucedáneo de la religión: la iglesia de la salud, que promete la vida eterna en la tierra a los que se portan bien y cumplen todos los preceptos dietéticos.

Entiéndanme, no estoy en contra de las recomendaciones de los médicos. Pero sí de sus pretensiones mesiánicas. Los mecanismos liberales y progresistas de la sospecha se activan de inmediato para defender de cualquier intromisión política o religiosa a la sacrosanta libertad individual. Y, sin embargo, cuando la voluntad de regenerar, dictar o reformar la condición humana está en boca de los médicos, callan los críticos, y los liberales aplauden reverentes. ¡Despídete de tus ollas queridas, amigo Sancho, con la iglesia de la salud hemos topado!

Los congresos médicos, generalmente subvencionados por los laboratorios, están libres de las sospechas y controles que generan los congresos políticos y las conferencias episcopales: ¿acaso está libre la ciencia de intereses? Los avances de la medicina están fuera de toda duda, y es un lujo para nosotros contar con cardiólogos de la altura del doctor Valentí Fuster, pero incluso las palabras de los más grandes tienen que ser analizadas críticamente. Un amigo médico se refería (sotto voce,naturalmente) a las históricas prohibiciones de los cardiólogos. En cada congreso - ironizaba- sacrifican RAÚL a una víctima propiciatoria. Prohibieron productos muy arraigados y propusieron otros. Y cada una de estas propuestas tuvo enormes consecuencias para la economía mundial: favorables para unos países, desfavorables para otros. Prohibieron el pescado azul, los huevos, el aceite de oliva, la mantequilla. Propusieron la margarina vegetal, favorecieron los aceites de girasol y colza. Muchas de aquellas prohibiciones y recomendaciones, con el tiempo, han cambiado de signo. Ahora el pescado azul es el mejor, huevos y mantequilla no son tan terribles, y el aceite de oliva es insuperable.

Los desarreglos alimentarios y los excesos gastronómicos no van a cambiarse con sermones sanitarios ni con multas o purificaciones de estado. Los desarreglos y los excesos en las comidas son manifestaciones características del callejón sin salida de la civilización contemporánea. Comemos sin orden ni concierto para llenar carencias; para compensar, con constantes placeres sensuales, las múltiples insatisfacciones diarias. Sin horizontes morales - y hemos decidido que no los necesitamos-, la vida humana tiende al desorden. La tentación de reordenarla por decreto, desde arriba, en nombre de la ciencia o de la política (para reducir los costos sanitarios o para evitar el caos social), será constante en los próximos años.