El fotógrafo de las mujeres, de Juan Bonilla en El Mundo
Durante muchos años las mujeres de Kyjov no lo supieron. Iban a lo suyo, a la piscina a bañarse, al mercado a comprar, a los parques a tomar el sol. Se tendían delante del televisor o subían a la azotea a colgar la ropa, sin sospecharlo. En las cafeterías consumían sus bebidas, fumaban sus cigarrillos, conversaban o se dedicaban a mirar los ventiladores del techo sin saber que alguien se había propuesto atraparlas: justamente aquel mendigo de greñas desordenadas y barba desaseada, el que se protegía siempre, daba igual la temperatura que hiciera, con un abrigo y paseaba incansable por las calles de la ciudad como un elemento más de la decoración urbana.
Ese tipo, con aspecto de mendigo, se llama Miroslav Tichy y sólo recientemente ha engrosado el ya grueso capítulo de los excéntricos en la historia del arte: sin pretenderlo, desde luego, y no cabe excentricidad mayor (pues una de las debilidades de la legión de excéntricos del arte es la ambición de excentricidad en que esa excentricidad se fundamenta).
Para merecer algo más que una simple mención en la populosa historia del arte del Siglo XX es necesario no sólo ser el propietario de una obra personal e inconfundible sino también que a esa obra se le añada una leyenda acerca de cómo se realizó. Tichy cumple con esa exigencia.
En 1954 era un estudiante de Bellas Artes con buen dominio del dibujo, al año siguiente ya era un mendigo que se dedicaba a fotografiar a las mujeres de su pequeño pueblo con cámaras que él mismo construía con desechos encontrados en la basura. Lentes y tubos de prismáticos, envases de cartón, cajas de madera...
Tomaba las fotografías con extremada tensión: sabía que tenía un momento, abrirse el abrigo, sacar la cámara que había confeccionado y disparar sin que su víctima fuera consciente de que había sido fotografiada. Las imágenes rara vez salían nítidas, pero curiosamente esa imperfección, esa escasa nitidez, esa borrosidad fantasmal, es una de las señas de identidad de su obra, la encargada de prestarle encanto y afirmar la voz personal del fotógrafo.
Imprimía las imágenes en cualquier papel y las colocaba en improvisados passepartouts hechos con cualquier cartón a los que ponía una orla para decorarlos. Durante casi 40 años estuvo fotografiando a las mujeres de Kyjov sin que estas se apercibiesen de que todas ellas, las guapas y las feas, las atléticas y las esmirriadas, las jóvenes y las maduras, componían el elenco fascinante de la obra de uno de los fotógrafos más raros del siglo XX.
El hijo de un amigo suyo consiguió asomarse a sus cajones y vio que lo que el eremita de las largas barbas atesoraba allí era una obra prodigiosa, fantasmal, incomparable. Consiguió convencerle de que la mostrara. Y así le organizó su primera exposición, en Zúrich el año pasado.
¿Qué hay en la obra de Miroslav Tichy? Aparte de la propia extravagancia de sus métodos y de sus herramientas de elaboración, las fotografías tienen todas un auténtico halo de misterio que excede al hecho de que hayan sido conseguidas con cámaras tan inauditas y en condiciones tan poco ventajosas.
Las mujeres de Kyjov son, en la obra de Tichy, criaturas excepcionales, como habitantes de otro tiempo u otro planeta. Sentadas tomando el sol tras la reja de una piscina, caminando por la calle hacia cualquier parte, atándose una sandalia: nada de lo que hacen es excepcional, pero todo en ellas es excepcional. No sólo nos convierte en el mirón que fue el fotógrafo, sino que ese mirón en que quedamos convertidos tiene acceso a una especie de región fantasmal, como si en realidad el fotógrafo se hubiese limitado a acceder a los sueños de sus mujeres.
Tichy nunca estuvo interesado en exponer sus fotografías. Almacenó cientos y cientos de ellas y le bastaba con tenerlas allí guardadas, con pasar su vida en silencio, saliendo a la calle con una de sus cámaras inventadas bajo el abrigo. El resultado es todavía más fascinante que las fascinantes condiciones en las que el fotógrafo trabajó: el aura de extrañeza, el misterio insondable que subraya cada una de sus imágenes cobra proporciones colosales cuando uno repasa todas sus fotografías en la monografía que le acaba de dedicar la editorial Torst.
Las mujeres de Kyjov ya saben que el ermitaño barbudo que durante tantos años se paseó con su abrigo por las calles de la pequeña ciudad checa, las ha convertido en protagonistas de uno de los más alucinantes capítulos de la historia del arte. Si se le preguntara al fotógrafo por qué esa obsesión por las mujeres, respondería: me gustan.
No hay que ir más allá. La obra de Tichy viene a confirmar aquella máxima que asegura que no hay método más irrebatible de ser universal que el que consiste en ser local. Sin salir de Kyjov, sin fotografiar otra cosa que las mujeres de su pueblo, Tichy se ha ganado un lugar de honor en la historia de la fotografía: y no sólo en el capítulo dedicado a los excéntricos. También en el de los dedicados a los grandes, insobornables artistas. Los que nos enseñan a mirar el misterio del mundo y a amarlo.
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