Inquisidores de guardia, opinantes de urgencia, virtuosos de las perogrulladas más ramplonas, etc., decidieron comparecer en los altares mediáticos para juzgar masivamente lo que hay de amarga y escabrosa confesión en el último libro de Günter Grass. Y el revuelo declarativo ya está armado. Lo más imperdonable de toda esta recua de cotorras es su desconocimiento de la literatura.
A veces, el escritor se acusa, o amaga con ello. Es el caso de Las Confesiones, de Rousseau, libro que conmovió a Unamuno por mucho que don Miguel hubiera advertido de los tremendos embustes que en tales memorias se daban cita. A veces el escritor se confiesa. Es el caso de gran parte de la Correspondencia, de Flaubert, cita obligada para quienes aman las pasiones literarias. A veces, el escritor desnuda su intimidad, justamente desde lo que puede ser la timidez más patológica. Es el caso del Diario íntimo, de Amiel, tan transitado por nuestros mejores literatos e intelectuales de las generaciones del 98 y del 14. (Entre paréntesis: recomiendo vivamente el ensayo que Marichal publicó sobre Unamuno donde el biógrafo de Azaña expone con brillantez la influencia que ejerció Amiel en la literatura española de esa época) ¿No es gran parte de la obra de Unamuno una especie de Diario íntimo, a veces, en primera persona, en ocasiones, por medio de sus personajes? ¿Acaso las sucesivas entregas de El Espectador, de Ortega no constituyen también un singular Diario íntimo, donde el ensayista que aún no ha sido superado en España da cuenta de lo que siente y piensa ante sus lecturas, sus viajes y sus reflexiones, todo ello, como el propio autor dice, contado en voz baja? ¿Y qué decir de las Memorias, de Azaña? Pocas obras hay donde el autor explica más sobre sí mismo y sobre lo que sucede en el tiempo que le toca vivir. Pocas obras hay donde se hayan fabricado tantos y tantos titulares sobre un día a día de un tiempo y un país que siguen levantando pasiones.
Aseguro que no es baladí el hecho de que estas últimas revelaciones de Günter Grass se inscriben dentro de la literatura. Juzgarlas fuera de esto es perder la perspectiva. Y -perdón por la perogrullada- literatura no es siempre sinónimo de antifaz. Por muy antiguo que esto pueda sonar a más de uno, un escritor puede ser, además de muchas otras cosas, la conciencia de su tiempo en un marco social más o menos amplio. Pero esto implica también la conciencia de sí mismo. Creo que lo primero que Grass debería hacer, dentro y fuera de su libro, sería explicar por qué ocultó durante tanto tiempo su simpatía adolescente hacia el nazismo. Es una obligación que tiene contraída, en tanto escritor, con sus lectores y también consigo mismo.
Por lo demás, esta especie de auto delación nos lleva al lugar de siempre, es decir, a los horrores del siglo XX. ¡Cuántas veces se alegó ignorancia con respecto a las atrocidades que estaban sucediendo tan de cerca! Cuando Orwell tuvo el valor de poner de relieve los crímenes del estalinismo, los intelectuales rojos, progres y maravillosos, arguyeron en su favor el desconocimiento ante lo que sucedía. Hubo alemanes que esgrimieron como eximente la ignorancia ante las matanzas y los exterminios de su Gobierno. ¿Y cómo se alambica la atenuante del desconocimiento, separando lo que en ello había de miedo a saber lo que en realidad sucedía? ¿Cómo? No es ciertamente fácil. Siglo XX, que, más allá del inolvidable tango de Discépolo, incurrió en misticismos que generaron horrores. Misticismos épicos, miedos líricos. Épicas, como lo hitleriano, que constituyeron toda una estética del horror. Épicas que envolvieron fervores adolescentes en su favor, con los mimbres de una leyenda y de un resentimiento. Así, el nacionalsocialismo hitleriano, que decía sobrevolar sobre él pasadas glorias, músicas wagnerianas, pensamientos nietzscheanos. Y, al final, fue una infernal maquinaria de muerte y sufrimiento. ¿Quién era Grass, cómo vivió su tiempo aquel artista adolescente? ¿Cuándo empezó a ser consciente de la brutalidad de todo aquello? Bueno sería también que lo explicase.
Dos miedos sobre el tapete. El miedo a conocer la verdad que lo hizo buscar refugio en la leyenda forjada, acaso con cierto atractivo estético para un adolescente. El miedo, mucho tiempo después, a ocultar este episodio, peor que granujiento, de su adolescencia.
Épica, falsa épica, frente a la lírica más conmovedora. El Unamuno más lírico escribió en prosa. Me refiero a un ensayo suyo llamado Soledad. Allí decía don Miguel que lo más verdadero era la confesión de un poeta lírico. Lirismo atenazado por el miedo que genera saberse cómplice de horrores, que genera saberse protegido por una ignorancia que siempre tiene estrías y resquebrajamientos por donde asoma la verdad más dolorosa.
Cuando un escritor se acusa, en el caso que nos ocupa, se instala en el género lírico, renegando de las falsas épicas que lo arrastraron. Y, ¡ay!, tiene al mismo tiempo un gesto épico: como es ponerse al frente de un tiempo en el que los miedos y las creencias más deleznables cosecharon masivamente sangre, sudor y lágrimas.
Cuando un escritor se acusa, pone la voz a lo que hasta entonces fue un suspiro anegado en las aguas ponzoñosas de una culpabilidad masiva. Por eso, referirse al caso del último libro de Grass sin tener en cuenta la literatura constituye una práctica lerda y cretina.

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