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11 Septiembre 2006

Cinco años después del 11S, de Pablo Sebastián en Estrella Digital

Se cumplen hoy cinco años de los atentados terroristas del 11S, los más espectaculares y mortíferos de la Historia y los que han dado luz a una crisis política e internacional de grandes magnitudes, abriendo un foso entre los países islámicos y los de Occidente de consecuencias aún imprevisibles que ha tenido repercusión en los sistemas políticos democráticos con recorte de libertades —libertad o seguridad era el dilema planteado— y de las garantías democráticas.

Además de poner en tela de juicio los sistemas militares y estratégicos, convencionales y nucleares, frente al nuevo y fantasmal enemigo al que Estados Unidos y sus más notorios aliados, Inglaterra, Israel y Australia (España en tiempos de Aznar), fueron a combatirlo con guerras convencionales en Afganistán, Iraq y Líbano, sin derrotarlo. Provocando la destrucción de estas naciones y de miles de ciudadanos inocentes por causa de una respuesta equivocada que está arruinando el final de la presidencia de George Bush, así como el largo mandato de Tony Blair, como en su día provocó la derrota y caída de Aznar, una vez que Al Qaeda llevara a los protagonistas de la foto de las Azores su mensaje demencial de muerte y destrucción.

A Bush lo van a recibir ahora en Nueva York de desigual manera y muchas protestas porque la guerra de Iraq cada vez se parece más a la de Vietnam y está cortada por el mismo patrón de las de Afganistán —donde renace la violencia— o de Líbano, donde a punto está de llegar un contingente militar español, nadie sabe bien por qué y para qué. En los tres casos, en el intento inútil de matar terroristas a cañonazos, el objetivo de la estrategia de Washington ha sido el mismo: destrucción y ocupación de los países, fractura social y política de sus fuerzas en potencia dejándolos al borde de una guerra civil, y fracaso de los ensayos de democratización, algo difícilmente aplicable en estas latitudes donde impera el islam. Podría decirse, incluso, que en Palestina también se ha desplegado este modelo de destrucción, ocupación y riesgo guerra civil, como si fuera el patrón impuesto desde el Pentágono para atenazar y ocupar en el desastre económico y los problemas internos a las naciones que consideran sus mayores adversarios.

Y todavía les quedan dos problemas en el área de Oriente Próximo, para la que Bush prometió un enorme oasis de paz y prosperidad que no se ve por ninguna parte, de la misma manera que tampoco afloran en dichas naciones atacadas ningún movimiento de apoyo a Occidente, sino más odios y caldo de cultivo para el terrorismo islámico. Los dos problemas pendientes para Washington son Siria e Irán, y sobre todo este último país, para el que el departamento de Defensa americano ya tiene diseñados planes de ataque y de invasión, con motivo de su resistencia a una moratoria en sus centrales de energía nuclear. ¿Se despedirá Bush de la presidencia con esta traca final, atacando por ejemplo, las centrales nucleares de Irán?

Nada se puede descartar, y la vieja Europa, de la que con desprecio hablaba Rumsfeld, teme lo peor a sabiendas de que una iniciativa de esas dimensiones podría desencadenar otras guerras de toda índole, y aquí incluida la económica y energética por causa de los escandalosos precios del petróleo del que el Gobierno de Teherán es un productor de primer nivel, a igual que otros adversarios de Estados Unidos —que mantiene intactas sus reservas— como lo son Venezuela y Colombia.

Qué se puede hacer? La simplificación americana según la cual una nación entera debe pagar las locuras de sus gobernantes o de los terroristas que pueden habitar sus tierras es, además de una locura, un gigantesco error. Basta mirar a la latente guerra de Iraq, donde hay decenas de muertos diarios, donde los chiíes, amigos de Irán y de Hezbollah y Hamas, están al mando, donde las tropas americanas no encuentran la puerta de salida, y donde la guerra civil y la partición del país puede ser sólo cuestión de meses o de pocos años.

Éste ha sido, a fin de cuentas el modelo aplicado en Yugoslavia por la OTAN. Pero nada de todo ello permite imaginar el final del terrorismo islámico ni la paz mundial. Más bien al contrario, y a pesar de los esfuerzos que la Unión Europea está haciendo para implicar a las naciones árabes y musulmanas en la búsqueda de una salida a esta crisis demencial, que no arranca en el 11S sino que viene de más lejos, aunque tan fatídica fecha se haya convertido en la antorcha mundial que dio alas al despliegue militar, que lejos de reducirse, como hemos visto en Líbano, va a mucho más.

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