¿Quién ganará las elecciones? Se trata de una pregunta sin respuesta cierta, aunque cabe, eso sí, identificar tendencias, orientaciones del electorado. Es la tarea de las encuestas y del análisis de la agenda setting.

En mayo, antes del referéndum del Estatut, y en junio, después de su votación, el centro que dirijo de la Universitat Abat Oliba, CIDEInstitut d´Estudis del Capital Social, realizó dos encuestas. La diferencia entre las fechas aportó datos de interés. En la primera, del mes de mayo (en la que, dicho sea de paso, clavamos la participación) el resultado electoral se movía poco. Mejoraba CiU, pero con modestia, de manera que el tripartito volvía a alcanzar la mayoría, pero en la encuesta de finales de junio CiU había avanzado sustancialmente, tanto, que alcanzaba la mayoría relativa de bloqueo. Si la noche de las elecciones se mantuvieran los mismos datos, el tripartito no poseería suficientes diputados para formar la mayoría. Convergentes y socialcristianos se asegurarían, en cualquier hipótesis, el gobierno. Tanto en solitario, con apoyos coyunturales de unos u otros, como formando una coalición. Un resultado parecido al que posee el PSOE en Madrid, incluso mejor.

CiU presentaba además un posicionamiento óptimo: era el grupo más valorado y el que mantenía, con diferencia, una mayor fidelización de voto. Un buen número de sus electores repetiría. En relación con otros precedentes electorales, su porcentaje de fieles no era apabullante, más bien de notable bajo, pero es que el resultado de los otros era un desastre. Sólo 6 de cada 10 votantes del PSC y del PP pensaban repetir (pero la ocultación del voto popular en Catalunya es un dato fijo).

Por detrás de ellos, ICV y ERC no llegaban ni al 50%. Lo dicho: desastre. Sobre todo ERC, que tiene un problema muy serio. Pero en realidad lo que detectan las dos encuestas es un profundo malestar de los ciudadanos con los partidos políticos. Cerca de medio millón de votantes en las anteriores elecciones están enojados con sus representantes. Cabreo siempre lo hay, es un ruido de fondo, pero nunca tan alto y fuerte como éste. Ganadores y perdedores harían bien en tenerlo muy en cuenta para el futuro. El desgobierno del tripartito y el proceso del Estatut han hecho mucho daño.

CiU presentaba otros aspectos favorables: Mas era el candidato preferido y el que la mayoría daba como ganador. Montilla no parecía adversario - pero sí el PSC-, aunque se trataba de una medición en junio, justo al inicio de su carrera. Pero lo cierto es que ni él ni Maragall sumados aventajaban a Mas en preferencias. Mantener al presidente como candidato era un riesgo, pero su sustitución no lo atenúa: lo multiplica. ¿Ganará Maragall o ZP? Este hecho, unido a su baja fidelización de voto, sitúan al PSC ante una campaña difícil. Lo contrario que CiU, que tiene suficiente con su actual electorado para alcanzar la cifra clave de 54 diputados.

En realidad, CiU se juega el futuro en unos pocos miles de votos, los que van del diputado 52 en adelante. Por eso me sorprendieron tanto las declaraciones de Jordi Pujol sobre los obispos catalanes buenos y malos,a los que advirtió con un amenazante "a todos los tenemos muy bien localizados", que es la versión culta del "me he quedado con tu cara y sé dónde vives".

Pujol siempre ha tenido una querencia para explicar a obispos y cardenales cómo se han de hacer las cosas, pero ahora sería mejor que mantuviera su proverbial ponderación y habilidad política. No sea que algunos lo juzguen una intromisión y repiensen su voto. Pero incluso entendiendo su intención, él mejor que nadie sabe que para mejorar es mejor la capacidad de atraer y acoger que la de rechazar y señalar con el dedo. Que además queda feo.