¿Es la unidad de Europa un bien? No existe un solo dirigente político catalán que se atreva a contestar: no. A pesar de que Cataluña siempre se haya visto desde el centro político europeo como una región más. Dotada, claro está, de una especificidad propia, pero no mayor que la que poseen otros territorios cuyo pasado y presente están fuertemente ligados al estado, como Escocia, donde gobierna el laborismo británico, Baviera, o Lombardía.

Defendemos la unidad de Europa a pesar que desde 1714, cada vez que la hemos necesitado nos ha fallado Josep Andreu Abelló, presidente del Tribunal de Garantías de Cataluña, cuando la Segunda República, escribía: «La mayoría de ingleses y franceses vivieron nuestra guerra con indiferencia y falta de generosidad y nos dejaron completamente abandonados a nuestra suerte». Después a lo largo de más de dos generaciones, los gobiernos democráticos de Europa no se mataron precisamente para acelerar nuestro paso a la democracia.

Tampoco hemos recibido un trato a favor de la lengua catalana del que podamos sentirnos satisfechos, ni las reglas de juego de las ayudas económicas no resultan particularmente favorables, hasta el extremo que al igual que con el Estado español, Cataluña presenta un importante, en términos relativos, déficit fiscal con la Unión Europea. Pero la unidad de Europa es un bien. Nuestros dirigentes lo afirman y modestamente lo comparto.

Pero, ¿y España? ¿Es un bien la unidad de España o es mejor lo contrario? Ahí la unanimidad desaparece y desde determinadas posiciones, resulta políticamente incorrecto afirmar que sí, que la unidad española es preferible a la desunión. España es un bien en un doble sentido. Como estado de derecho existe para el bien de sus ciudadanos y comunidades, matrimonios, familias, empresas, iglesias, pueblos.

Pero también como sociedad política, en los términos que lo utilizaba Maritain y que se pueden resumir como aquella sociedad civil que se ha dotado de un estado, es el fruto de un proceso histórico, de una decantación humana, que crea vínculos que en nada tienen que ver con el estado. Y eso también es un bien, un gran bien.Visto lo precedente, parece una obviedad afirmar que estamos más unidos a la realidad social -ya no me refiero al estado- española que a la europea. Existe un vínculo fuerte empezando por el parentesco y terminando por los intereses económicos.

La unidad de España es un bien y como tal una categoría moral, y también un bien social, cultural, económico y político. ¿Pero entonces de dónde nacen las reservas en Cataluña? Creo que tienen orígenes distintos que convergen. Uno es el franquismo y nuestra percepción antigua que la unidad equivale a uniformidad, a negación de la diferencia. Pero el franquismo es el pasado, no el presente.El marco político actual es razonablemente bueno para el desarrollo de Cataluña, aunque tenga defectos, ¿pero, por ejemplo, no son mucho mayores los de nuestra partitocracia y el sistema electoral de listas cerradas que la alimenta?

Ver a España como un problema para Cataluña y aplaudir a Europa es de una falta de realismo perfecto. También influye un cierto empecinamiento desde fuera de Cataluña por ver en todo lo catalán algo sospechoso. A nadie se le ocurriría advertir a un extremeño o a un aragonés nombrado ministro, que «cuidado con ejercer de extremeño o aragonés», pero se dice de un catalán sin mayores miramientos.

Proclamar la unidad española como bien moral está bien, pero advirtiendo a todos aquellos que con sus actitudes dañan esa unidad, tanto si lo hacen desde una interpretación catalana como española. Que de todo hay.

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