DECÍA Bertrand Russell que los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible mientras que los políticos pugnan por hacer imposible lo posible. Alguna experiencia tenía aquel genio que poseyó uno de los tres cocientes de inteligencia más altos del siglo XX, junto con los de Einstein y Asimov. Cuando ya había cumplido noventa y siete años el matemático, filósofo y premio Nobel de Literatura, uno de los pensadores más profundos del siglo XX, asistió a un coloquio en el que le preguntaron si podía dar algunos consejos de filosofía de la vida. «Puedo dar tres: tener el valor de aceptar resignadamente las cosas que no se pueden cambiar; tener la obstinación suficiente para cambiar aquellas que uno puede cambiar, y tener la inteligencia indispensable para no confundir las unas con las otras».
Hubiera sido muy interesante conocer qué opinión le merecía a Russell la decisión que adoptó la Asamblea General de Naciones Unidas, al filo de la madrugada de ayer, cuando aprobó por primera vez en su larga historia de 61 años una estrategia global para combatir el terrorismo. Porque los 192 países que forman la Asamblea de este organismo internacional pretenden que el plan deben aplicarlo todos los gobiernos. Difícil misión que, para empezar, tomará varios años en su elaboración, y probablemente pasará a formar parte de la larga lista de lamentados fracasos de la ONU. Es verdad que el terrorismo es una amenaza global y utiliza instrumentos muy semejantes. Pero también lo es que los objetivos del terrorismo islamista son distintos en cada país que actúa. Como son diferentes los terrorismos chechenio, etarra, del IRA, de las FARC, la OLP, Hamás, Hizbolá. Que la ONU no funciona es un hecho. Pero Montesquieu nos enseñó que cuando algo bueno tiene inconvenientes, es preferible suprimir los inconvenientes que suprimir ese algo. Tengamos la inteligencia indispensable para no confundir lo que se puede cambiar de lo que no se puede cambiar.

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