LA VERBORREA DE UN BUEN BUFON

Pepe Rubianes es hombre de teatro de palabra tan desmedida como apasionada. Y esa incontinencia, que le ha reportado aplausos y premios, también le ha llevado a cometer equivocaciones. Grandes.Tanto como la que ha encendido la última polémica. El pasado mes de enero, en un espacio de la cadena autonómica TV3, lanzó despropósitos como: «Que se vayan a tomar por culo estos españoles», «Ojalá les exploten los cojones y vayan al cielo sus cojones»; «Que se vaya a la mierda la puta España». Después intentó rectificar matizando que se estaba refiriendo «a la España que mató a Lorca» y que «la España democrática, constitucional y de progreso a la que yo pertenezco me merece todo el respeto y orgullo», pero, cuando llegó la aclaración, el mal ya estaba hecho. Demasiado, se ha visto ahora, como para que su obra Lorca eran todos se estrenara en el Teatro Español, propiedad del Ayuntamiento de Madrid. A principios de verano su director, Mario Gas, contrató la obra de Rubianes para que se representara entre el 19 y el 24 de septiembre, pero el pasado jueves, y tras una semana de polémica -y de amenazas, en palabras de Rubianes-, el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, dijo que no se representaría.Horas después, Rubianes anunciaba que la retiraba y Mario Gas que se pensaría su continuidad al frente del Teatro Español.

Nacido en Pontevedra, en Villagarcía de Arosa en 1947, gallego con alma de catalán o catalán con morriña de su tierra, Rubianes es un cómico que presume de no saber estar callado, algo que consigue a veces en catalán y otras en castellano, a veces alternando los idiomas y otras combinándolos en frases imposibles, sólo aptas para un bilingüe. Rubianes ha demostrado ese apego a la palabra a lo largo de una carrera que está a punto de cumplir 30 años, pero también en sus apariciones televisivas. Mucho antes de las polémicas declaraciones que aún le persiguen, hace unos años, fue el protagonista de la entrevista más larga de la historia de TV3, un largo y divertido monólogo sólo interrumpido por alguna pregunta que se prolongó desde las 10 de la noche hasta las siete de la mañana.

Parece que Rubianes tuvo claro desde siempre que su vida pasaba por los escenarios. Aunque cursara la carrera de Derecho, ya entonces pisaba teatros y, precisamente, fue en uno de aquellos grupos universitarios que le ayudaron a abrirse camino donde conoció a quienes fueron sus primeros compañeros de andadura: algunos de los miembros de Dagoll Dagom, con quien trabajó en dos de su espectáculos más recordados, aplaudidos y comprometidos: No hablaré en clase (1977) y Antaviana (1978). Sólo unos años después, en 1981, llegaría su colaboración con otra de las grandes compañías del teatro catalán, Els Joglars de Albert Boadella, en uno de los montajes más aplaudidos y recordados: Operación Ubú, una crítica a Jordi Pujol y al Gobierno de Convergència i Unió.

Pero tras aquellos trabajos en compañía, Rubianes decidió que la suya era la carrera de un solitario. De un corredor de fondo que año tras año ha conseguido depurar un lenguaje y una manera de entender el teatro que podría entroncar con la de otro gran bufón como Dario Fo. A esta época corresponden títulos como Pay-pay (1983), Ño (1984), Sin palabras (1987), En resumidas cuentas (1987), Por el amor de Dios (1991), Ssscum! (1992), Rubianes: 15 años (1995) y Rubianes, solamente (1997), el espectáculo que más años ha permanecido en la cartelera barcelonesa. Todavía podía verse en el Club Capitol hace unos meses, regresado a las tablas tras un año sabático en que el actor marchó a Kenia.

Los muchos kilómetros de distancia no fueron óbice para que los caminos de su memoria siempre le devolvieran a Víznar, el pueblo donde fue fusilado Federico García Lorca. Y tanto tenía que decir que Rubianes decidió pasarse a la dirección para reivindicar que Lorca eran todos. La obra, teatro denuncia que recupera la memoria histórica y alerta para que los errores del pasado no vuelvan a repetirse, le reportó nuevos aplausos. Sólo meses antes de que el comediante de verbo incontenible volviese a estrellarse contra el muro que él mismo construyó con sus palabras.

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