El profesor Colomer narra la transformación de los estados y subraya las desventajas de la diversidad y la descentralización.

Josep Maria Colomer se acoge a la noción de imperio, que viene manejándose en politología desde hace unos cuantos lustros, para acercarnos a la configuración del mundo contemporáneo en su última obra, Grandes imperios, pequeñas naciones. Los imperios tienen una medida extensa, carecen de límites fijos o permanentes, son un compuesto -con diversos grupos y unidades territoriales- y se rigen por un conjunto de jurisdicciones a múltiples niveles.Con el desarrollo de alianzas militares y de seguridad, acuerdos de libre comercio, monedas comunes y redes de comunicación transnacional, los estados de corte westfaliano han dejado de ser lo que eran.Al mismo tiempo, esos estados tienden a descentralizar la autoridad sobre importantes políticas económicas, educativas y culturales a favor de unidades políticas más pequeñas. Estas unidades favorecen la estabilidad política: con la reducción del tamaño aumenta la probabilidad de libertad y democracia duraderas. Los estados están mutando intensamente y seguirán haciéndolo, puesto que son demasiado grandes para ciertas cosas y demasiado pequeñas para otras. La tesis central de Colomer, profesor universitario e investigador del CSIC, es que el estado plenamente soberano y unitario ha perdido buena parte de su naturaleza y funciones clásicas.

¿Y qué nos cuenta sobre Cataluña y Euskadi? Desde su punto de vista, Euskadi no sería inviable como estado independiente. No obstante, certifica, adolece de un grave problema de división interna. A Cataluña, en cambio, la ve demasiado pequeña para gobernar España, pero, al mismo tiempo, demasiado grande para aislarse. Añade el profesor que la diferencia entre autonomía e independencia, en una afirmación que sin duda muchos le discutirían es una simple cuestión «de grado». Colomer, que ha ejercido largamente como profesor en los Estados Unidos, constata el fracaso de España en su intento de configurarse como un gran estado nacional al estilo francés. Al entrar en Europa se incorporó a uno de los grandes imperios y, a su vez, favoreció el desarrollo de las pequeñas naciones en su seno.

Grandes imperios, pequeñas naciones (premio de Ensayo de la Fundación Trias Fargas) se apalanca en los datos para retratar un mundo complejo y en evolución. En la obra queda claro que se equivocan quienes se empeñan en emplear sus energías en combatir la pluralidad de identidades que habitan en el Estado español. Y los que todavía sueñan con un centro que acumule el poder y tome las decisiones.Ni Europa ni el mundo van en esa dirección, lo que debería ser motivo de satisfacción y orgullo, pues desde esta perspectiva la pluralidad y la descentralización española no constituyen, en contra de lo que recita el españolismo militante, un lastre o una desventaja, sino lo contrario. A diferencia de lo que muchos en la Villa y Corte y fuera de ella creen, España se encuentra mucho mejor situada que otros estados de su entorno. A veces libros como el que hoy nos ocupa sólo son leídos en Cataluña.Que el de Colomer se haya editado en catalán (Proa) pero también en castellano (Anagrama) es una buena noticia, ya que sin duda puede convertirse en un sabroso estímulo, una acicate, para todos aquellos que, claro está, no sean prisioneros de sus odios, prejuicios y miedos cervales.

© Mundinteractivos, S.A.