Lo que parecía imposible por casposo y facha ha ocurrido. Y, sin duda, tendrá consecuencias. Aunque perpetrada por la vía de las amenazas, ( "A mí no me ha echado nadie", afirma Rubianes), sería inaudito que, a estas alturas, la práctica censura de una obra de teatro quedara impune cuando por las esquinas del caso de Lorca eran todos - la obra retirada del Español de Madrid- se ven quebrantados sin duda derechos y garantías constitucionales muy sustantivos. Pese a ello, no cabe imaginar una pronta apertura de diligencias y un futuro acto procesal con un banquillo poblado de responsables del vergonzoso atropello a la libertad de expresión, hostigados por un fiscal bien informado. La escena pertenece al reino de los sueños más ingenuos.
Suponer que la impunidad no cubrirá la afrenta con su sucio manto significa, no obstante, que algunos costes políticos deberá tener lo ocurrido. No es nada sorprendente que Mario Gas, el director artístico del Español, andara anteayer eximiendo al alcalde Alberto Ruiz-Gallardón de cualquier tipo de presión para que la obra de Pepe Rubianes fuese retirada de cartel. Así debieron de suceder las cosas y no cuesta imaginar al alcalde de Madrid moviéndose por el terreno de la máxima prudencia, que, como se sabe, muy a menudo constituye el dulce pienso del que se alimentan los pecados de omisión.
¿Será éste de Ruiz-Gallardón un pecado políticamente mortal? En algunas ciudades europeas así podría ser. Y es que, mientras no se demuestre lo contrario, el mandamás del histórico teatro municipal de Madrid es el alcalde esta ciudad. Y al alcalde de Madrid le competía, pues, salir en defensa abierta de una obra incluida, con muy buen criterio, en una programación aprobada en su día, y erigirse en aval tanto del autor como del director del teatro. Competía a Ruiz-Gallardón, en otro tiempo esperanza blanca de una derecha menos obtusa, acallar las voces reaccionarias e inquisidoras. No hacerlo así y distribuir en plena crisis frases amables y paños calientes no ha significado otra cosa que hacerse cómplice de quienes querían represaliar a Rubianes. Hacerse cómplice de esa derecha vociferante y amenazadora que tratará hasta la extenuación de confundir las cosas y mezclar unos insultos, de los que en su momento el autor y director se retractó, con una obra de arte felizmente triunfante en todos los escenarios donde se ha representado hasta hoy.
Es de suponer que en las elecciones municipales de mayo la izquierda opositora del Ayuntamiento de Madrid le recordará a don Alberto el triste papel que ha tenido hasta hoy en el caso que nos ocupa, y del que no todas las aristas aparecen debidamente iluminadas. Cuando su brillante estreno barcelonés, en enero de este año, Pepe Rubianes dijo que Lorca eran todos no sólo era un homenaje al poeta granadino asesinado en 1936 por los franquistas recién sublevados. Añadía textualmente el actor y director que también homenajeaba a cuantos "andan buscando los restos de sus parientes en fosas comunes a lo largo y ancho de las carreteras y montes del país". Recogí la frase en la crítica publicada en su día en este diario y que concluía deseando para la obra la larga y próspera existencia que merece.
Y bien: no resulta desatinado pensar que en el fondo de una ira un tanto postiza, motivada por una pirotecnia verbal apoteósica e histriónica, desactivada por las excusas públicas del profiriente tanto como por su misma desmesura, en el fondo de esa ira, digo, palpita el mismo franquismo residual que quisiera ver enterrado para siempre todo vestigio de la dignidad y la memoria histórica. Quienes han estado amenazando a Rubianes habrán intentado, así, matar dos pájaros de un tiro.

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