Diez días después de saber que relevaría a Joan Clos en la alcaldía de Barcelona, Jordi Hereu tomó el viernes la vara que le permitirá forjarse un nombre para la campaña municipal, prevista para finales de mayo del próximo año. El nuevo alcalde cumple una tradición marcada por el socialismo barcelonés durante décadas que consiste en convertir automáticamente a los candidatos en alcalde sin pasar por las urnas, una práctica que ya ha sido puesta en entredicho por todos los miembros de la oposición. Mientras no existan trabas normativas a ese tipo de testamento institucional, el hábito parece más que abonado. Así, Hereu inicia ahora una carrera para lanzar su popularidad entre los votantes barceloneses y cuenta a sus espaldas con toda la maquinaria del principal ayuntamiento catalán. Por lo que respecta a sus tareas, Hereu sólo debe ejercer un papel en los nueve meses que el PSC le ha brindado al frente del consistorio sin barreras electorales. Y se trata, justamente, de justificar el calificativo que más se ha utilizado para definirle: gestor. De aquí a las elecciones, Hereu tan sólo puede lanzar ideas con formato de programa electoral, pero no ejecutar planes que le puedan servir como sustentos fehacientes de su próxima candidatura. El nuevo alcalde se tendrá que contentar con gestionar el municipio con lo que ha heredado y con lo que él mismo ejecutó como quinto teniente de alcalde de Joan Clos. Es evidente que debe incentivar el diálogo social con los barceloneses que nunca se debió perder, pero la ejecución de nuevas políticas sociales quedaría en entredicho si llegaran ahora de un Gobierno interino en plena precampaña. Por muchas esperanzas que el PSC haya depositado en sus espaldas para mantener el gran contrapoder catalán una vez que las encuestas complican la presidencia de la Generalitat a José Montilla, Hereu no puede sobrepasar nuevos límites éticos.

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