Este verano se han conmemorado los 350 años de la expulsión del filósofo Baruch Spinoza de la comunidad judía de Amsterdam en la que se crió. El motivo de dicha exclusión fue el pensamiento heterodoxo de Spinoza, una de cuyas bases podríamos resumir sumariamente como sigue: no hay motivos razonables para que ninguna confesión religiosa considere infalible su interpretación de los designios divinos... Huelga añadir que este aniversario de Baruch Spinoza, apóstol de la razón, ha pasado inadvertido.

Por el contrario, en el ámbito - digamos- cultural se ha hablado mucho durante el estío de Confessions,la gira mundial de Madonna. Y no por sus canciones o sus bailes - como sería lógico, puesto que se trata de una cantante y bailarina-, sino por las reacciones que genera su espectáculo, en el que, entre otros episodios, protagoniza una crucifixión.

Poco importa que el calvario de Madonna sea la escena barrida por una tromba de sonido y de luz, que su tormento carezca de dolor o significado y que su madero esté recubierto de cientos de espejitos, como las bolas reflectantes de una discoteca... Pese a su levedad e inconsistencia, este seudomartirio ha propiciado el vocerío de muchos ciudadanos y organismos ayunos de Spinoza. Semanas atrás, el concierto romano de la cantante mereció protestas vaticanas. Ahora, ante el concierto programado en Moscú, sectores ultraortodoxos claman contra Madonna.

Por supuesto, lo único que consiguen estas manifestaciones piadosas es generar publicidad gratuita para su némesis. Toda foto publicada de unas monjitas, o de unos popes barbudos, protestando contra la blasfema debe considerarse como un anuncio de Madonna, ingenuamente patrocinado por sus detractores.

Desde primera hora, Madonna se ha distinguido por su camaleonismo. Al no ser nadie, al carecer de perfil o relieve propios, decidió encarnar sucesivamente a todo tipo de personalidades. Empezó con los arquetipos, presentándose como un boy toy,un lolitesco juguete para chicos. Pero pronto se dio cuenta de que parasitando celebridades iba a progresar más. Así fue como la vimos imitando a la Dietrich, a la Monroe, evocando a una guerrillera guevarista o a Evita. En paralelo, Madonna fue explotando la inclinación al escándalo de nuestra sociedad: asumió el rol de obsesa sexual, protagonizó numeritos lésbicos y blandió la fusta sadomasoquista.

Y luego, en un rapto de coherencia, alternó estos papeles con los de mística, estudiosa de la Cábala o, últimamente, con los de filántropa dispuesta a redimir del sida, la sequía y la ignorancia - todo de una tacada- a Malawi, un país africano lo suficientemente pequeño como para que la caritativa Madonna pueda presentarse como su salvación unipersonal. Todo vale en esta vacua concepción madonnesca del espectáculo, dirigida a los irreflexivos hijos de la generación de la imagen, que constituye, según Le Monde,"una victoria total de la cultura del ritmo, del clip y del horror al vacío", y cuyo mensaje se agota en la idolatría hacia su diosa.

Quizás el lector deduzca de estas líneas que no aprecio a Madonna en tanto que creadora musical. En efecto, así es. Pero no quisiera que ésta pareciera una nota contra Madonna y, a la postre, mi humilde contribución a su publicidad. Preferiría que fuera interpretada como un homenaje a Spinoza; al pensador que dijo haber dedicado su vida a "entender el sentido de las acciones humanas, antes que a reírme de ellas, a lamentarlas o a odiarlas".