También los pecados, como los capitales tomados prestados, se pagan con intereses que crecen con el tiempo; el que Günter Grass ha desvelado con tantos años de retraso, de por sí venial si se considera la terrible situación y la edad que tenía cuando lo cometió, le cae encima como una losa. Tal como se ha dicho, debería haberlo contado pronto, y hubiera podido hacerlo; nada queda en secreto, y lo que queda, ahogado e irresoluto por dentro, corre el riesgo de gangrenarse, de crecer, de erosionar destructivamente como un tumor, asumiendo dimensiones anormales y contaminando la existencia. Silencios de un tambor.
La confesión del Nobel vuelve a proponer la relación entre arte e ideología: desde Goethe a Céline, a Hamsun... los escritores no son sacerdotes laicos; permanece auténtica su labor civil.
También la conciencia, como una camisa sucia o simplemente sudada, se pone a lavar y a secar, sin preocuparnos del comentario de los vecinos sobre las manchas. El motivo por el que Grass no lo haya hecho antes nadie puede decirlo, porque nadie puede penetrar en las incertezas y contradicciones de la mente de otro, entender lo que objetiva y subjetivamente éste hubiera podido y debido decir o hacer en unas circunstancias concretas. Todo eso se vuelve aún más difícil cuando entra en juego un complejo tan tortuoso e inhibidor como el pasado nazi. Además, los recuerdos cambian con el tiempo, como dice un cuento de Svevo; a menudo no se recuerdan los hechos acaecidos, sino las malformaciones con las que, con los años, la memoria los ha revivido y alterado. «Recuerdo todo, pero no entiendo nada», se dice en «La conciencia de Zeno». La insinuación de que la tardía y recentísima confesión de Grass esté unida a la promoción del libro que saca ahora es poco creíble, porque un premio Nobel, y en particular el gran autor del inmortal «El tambor de hojalata», no necesita expedientes sensacionalistas para lanzar un libro como las muchachas que alardean de previsibles transgresiones sexuales. Si así fuera, se trataría, de todos modos, de un cálculo equivocado, que se retuerce como un bumerán y se traduce en un daño duradero, no compensado -al final, ni siquiera materialmente- por un récord de ventas. Más allá del episodio específico, esta vicisitud de Grass ha escandalizado y ha sido un clamor tan excesivo y desproporcionado probablemente también porque a priori se considera, de modo erróneo, a los escritores y los artistas -y tanto más cuantos más importantes son- representantes del Espíritu, casi sacerdotes laicos de la verdad, de la humanidad y de la justicia, como si fuera cierto; crear una gran obra de arte no garantiza, ni mucho menos, como además sabía muy bien Thomas Mann, la posesión permanente de cualidades morales, ni tampoco de una inteligencia capaz de evitar las aberraciones éticas y políticas. Muchos de los mejores escritores del siglo pasado han sido fascistas, como Pirandello; nazis o colaboradores del nazismo, como el gran Hamsun; antisemitas, a su pesar, como el autodestructivo y también fascinante Céline, o estalinistas, como los escritores franceses que iban devotamente a Moscú para asistir a la «misa roja» o a los ahorcamientos estalinistas de tantos compañeros suyos. Seguimos amándolos, comprendiendo el itinerario autodestructivo que les ha llevado a hacerse estas mutilaciones espirituales, y aprendiendo de ellos incluso valores esenciales, como el amor y la rebelión negados por las perversas ideologías a las que se entregaron; pero ciertamente no podemos esperar de ellos más claridad ni sabiduría que de la llamada gente corriente.
Por lo demás, también Goethe escribió la inmortal historia de Margarita, que nos enseña para siempre la piedad y la comprensión por ella, y algunos años más tarde votó a favor de la condena a muerte de una joven que había cometido el mismo pecado que Margarita. El espíritu sopla donde y cuando quiere, y no siempre en el corazón y en la mente de un gran escritor; cuando no sopla, se es un pobre diablo capaz de cualquier tontería. No es raro que no haya soplado sobre el Grass de 17 años, en aquel momento tremendo, y no sabemos por qué después no ha barrido como un viento aquel peso de su conciencia. Una cosa es cierta. Esta vivencia pregonada no disminuye en lo más mínimo la grandeza poética de quien ha escrito «El tambor de hojalata», pero tampoco la meritoria militancia ético-política de Grass en todos estos años. Grass ha sido un escritor comprometido, en el mejor sentido de la palabra; ha sabido criticar y denunciar los defectos y las deformaciones de Alemania con dureza, pero con moderación ideológica, sin ceder nunca a las sirenas del extremismo que hace años seducían a tantos de sus colegas, sino luchando por una concreta y progresiva política de pequeños pasos, celebrando -él, tan prepotentemente agresivo- el «paso de caracol» de la política, es decir, las mejorías graduales del país, el sentido responsable de las verdaderas posibilidades. El mérito político de haber luchado por estos ideales permanece, prescindiendo de los fantasmas que hasta hace poco le han impedido desembarazarse de aquel peso y de la relación que todo eso puede tener o no tener con las clasificaciones de los «best seller».
Claudio Magris, premio «Príncipe de Asturias» como Günter Grass, publicó este artículo en «Il Corriere della Sera».

Escribe un comentario