Distintas maneras de hacerse torero, de Angel Antonio Herrera en El Mundo
Canalla fina
Sabina trae memorias de ayer mismo, donde sale mucha tropa de la que le acompañó en el concierto - Joaquín salió con bombín por la puerta grande - Francisco Rivera pasa el testigo del toreo jondo a Cayetano y se da a las faenas de matador de portada
La otra noche, bajo un Madrid abierto de relámpago, Joaquín Sabina nos pegaba el susto de cumplir campeonísimo, como un atleta, en Las Ventas, porque lo suyo venía siendo el ánimo hecho una braga y la voz en vilo, hasta llegar a algún momento cumbre de la gira del gatillazo, gijonés o no. Este tío siempre nos asoma con lo contrario. Salió, con bombín, por la puerta grande. Era el mismo día en que otro torero, pero torero de distinta raza, vendía sus memorias sentimentales en los papeles del ramo. Hablo de Francisco Rivera Ordóñez, que va a hacer toreo de salón de té en el Hola, por entregas, y que ayer mismo toreaba de verdad, dando la alternativa, en Ronda, a su hermano Cayetano, que parece que sí trae empaque de arte. La corrida dio mucho cromo a los álbumes del colorín, con la duquesa de Alba arriba, que le sigue dando mucho vicio a su alma de montera.
Sabina también trae memorias de ayer mismo, donde sale mucha tropa de la que le acompañó en el concierto, desde Simoneta Gómez Acebo o el poeta Angel González a Guti y Arancha de Benito, que ya van de nuevo para marido y mujer. Las memorias se titulan En carne viva y no defraudan su antetítulo Yo también sé jugarme la boca, porque son una alegre orgía confesional donde va la verdad servida con un par de whiskys o donde va el whisky muy cargado de verdades. Dice Raúl del Pozo que Joaquín acierta cuando exagera, y es verdad. Aquí, unas veces el jotabé le tira de la lengua a Joaquín y otras veces Joaquín le tira de la lengua al jotabé. Menos timidez, hay de todo. O sea, todo lo que se espera de un golfo memorable como él, que sólo mide las sílabas de los sonetos. Según el lector, Joaquín merecerá el aplauso cerrado o el fusilamiento urgente. A Javier Sardá le adorna de «corruptor de menores» y a Doña Letizia la salva porque a lo mejor acaba trayéndonos la república. Sus memorias son un libro, naturalmente, y este libro viene firmado por él y por Javier Menéndez Flores, que ya hiciera en su día la biografía monumental y millonaria de ventas del cantante. Diríamos que este último libro completa el primero, pero por el costado de la anécdota rica y salvaje, del dato propio y desnudo, de la conversación desbridada, peligrosa y a deshoras, que es cuando puede decirse que mejor que Castro dure más que Bush y que uno ha ido de putas sobradamente. Pasan por estas páginas Gabriel García Márquez, y Ana Belén, y Juan Gelman, y Antoñete, y Chiquito de la Calzada, hasta llegar a las mujeres de Sabina, las de ayer y las de hoy, que resulta que existen y hasta aportan foto.
Joaquín, en Las Ventas, dio una tarde de torería, pero por la noche, y sin toro, aunque con el toro bien lidiado de su mala salud de oro y una afición llena de novias de toda edad que aún no le han dado un beso. Hasta cantó Pongamos que hablo de Madrid, rescatada en directo del antiguo repertorio, y dio una copa postéxito, en la misma plaza, con sus dos hijas de groupies entusiastas y Fernando León de Aranoa, otro versado en princesas de la mala vida.
Francisco Rivera pasa el testigo del toreo jondo a su hermano, y él se da a las faenas de matador de portada. Cayetano pasa mucho del vaginismo periodístico, pero Francisco no, según vemos, o no tanto. Va a contar su vida para las peluquerías y eso que abanderó, hace meses, una cruzada dura contra los del corazón, que no tienen corazón. Sabina canta en Las Ventas y se cuenta en libro. Tenemos así una semana cumplida de toreros de corona diversa, y hasta contraria, que llegaría, incluso, hasta Natascha Kampusch, que ha salido de dorada torerita escalofriante en la tele, a pluriemplear en prime-time su tragedia de cautiverio y su infancia de sótano.
Lo de Francisco Rivera va a animar mucho a las tertulianas de Llongueras, zona mechas enteradas, y las memorias de Joaquín hay que leerlas a saltos, desordenadamente, como entre copa y copa, por ahí en trenes soleados de lejanía o garitos de alto riesgo, que son los que le van a Sabina, a Menéndez y a cualquier otro poeta que sabe que lo suyo no se cura con aspirina. Y digo eso porque el libro resulta un largo y fascinante vaivén de canción a dato, de poema a anécdota, de maldad a confidencia, y al contrario, saqueando así una vida, la de Joaquín, desde sus canciones, o saqueando sus canciones desde su vida, si es que ambas cosas fueran asunto distinto, que ya lo dudo, y logrando, al paso, eso valiosísimo que Pedro Salinas llamó «calidad de párrafo» respecto a Marcel Proust.
Sabina ha cuajado, clamorosamente, las mejores letras de los que amamos las letras, presenta a sus músicos en verso y sus conciertos dejan en el alma el efecto de una mudanza. Es el Dylan de los que no sabemos inglés, y Madrid es más Madrid con él, «aunque la maja desnuda cobre 15 y la cama». O precisamente por eso. «Soñaba con ser Shakespeare y me he quedado en Machín» dice, en coña muy suya. Menéndez ha entendido estas ironías de calavera y se ha montado un vis a vis de escritor a escritor, con un par, hasta llegar a lo shakesperiano o vallejiano que hay en Sabina, que es mucho, aunque nos vacile a propósito, y acaso por ello. Estas memorias brindan al Sabina que quemaba la noche entre lumiascas sinceras y también al que ahora lee a Borges en su casa, solitariamente, con sólo algún ducados de más. Los dos Sabinas subieron al escenario de las Ventas, bajo el mismo bombín, y se puso de su parte hasta la tormenta, que iba a aguarnos la fiesta.
En cuanto a Francisco Rivera, qué quieren que les diga. Acabará primero en el escalafón de guapos de portada.
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