EL principio del fin de lo que será la Universidad Laboral se va consumando sin otro objetivo que poner el caos en donde brillaba el orden. Lo que se levantó como monumento al trabajo, se está convirtiendo, a pasos agigantados, en pozo sin fondo de soluciones imprevisibles, según lo requiere cada momento, y según lo permitan los euros destinados a consumar el esperpento. Lo importante es vender turismo. Lo que ya no existen es reclamo para atraer turistas. En eso se ha convertido la 'Uni', en marca turística de presunta excelencia, aprovechando lo que ya no tiene, sino el recuerdo y en la imágenes del pasado.

Cuando Girón, aquel falangista presunto revolucionario de voz potente y gesto autoritario, se propuso construir la Universidad Laboral, deseaba que los hijos de los trabajadores vivieran en un mundo ideal en donde las ciencias y las letras, las artes y las técnicas, el deporte y las actividades recreativas, inspiradas en la visión cristiana del hombre y del mundo, pudieran arrancarlos de la ignorancia y de la falta de oportunidades a que sus circunstancias sociales parecían condenarlos. El objetivo se cumplió con creces, pues han sido innumerables los profesionales que salieron de sus aulas, dormitorios, talleres, paraninfos, campos deportivos, comedores e iglesia. Quienes recuerdan entre nostalgias y agradecimientos lo mucho que aprendieron en su 'Uni' del alma. Sin embargo, no faltan apenas unos pocos, los más ingratos por más favorecidos por los Jesuitas, que rechazan todo lo excelente que allí aprendieron.

Como no podía ser menos, el furor iconoclasta contra lo que llaman símbolos franquistas ha llegado a la joya única que es la Laboral. Aquí, la ignorancia y el sectarismo rayan en lo ridículo. A nadie, si no es un fanático y/o un ignorante, se le puede ocurrir equiparar los símbolos y personajes de los siglos XVI y XVII -siglos de oro de la cultura española- con los años de Gobierno del Generalísimo Francisco Franco. El laicismo sectario y reaccionario identifica a los grandes escritores, dramaturgos y místicos, con el franquismo. Es decir, que Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Garcilaso, Tirso, Lope de Vega, Calderón, Cervantes, San José de Calasanz, además de Santo Toribio de Liébana, Santa Eulalia de Mérida, San Isidro Labrador, Fernando III santo y rey, etcétera, serían tan universales y grandes por los Principios del Movimiento. ¿Acaso los cuatro evangelistas que lucen en mosaicos únicos y deteriorados, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, con su imponente simbología, para estos ridículos revisionistas de la Historia de España son también símbolos del espíritu de Franco?

Ante tanto desafuero, tanta ignorancia y tanto sectarismo sólo caben los versos del gran Quevedo, petrificado ante tanto revanchismo en una de las cornisas del pabellón de la antigua dirección: «Miré a los muros de la Patria (Uni) mía, / si en un tiempo fuertes, y a desmoronados / de la carrera de la edad cansados / por quien caduca ya su valentía. / Vencida de la edad sentí mi espada / y no hallé cosa en que poner los / ojos que fuese recuerdo de la muerte».

FIDEL GARCÍA MARTÍNEZ. CATEDRÁTICO DE LENGUA Y LITERATURA. DOCTOR EN FILOLOGÍA ROMÁNICA.