No se asuste el bueno de mi amigo Fernando de la Puente Hevia, folclorista de corazón y de los de verdad, que no voy a inmiscuirme en sus investigaciones sobre el origen multicultural del himno de Asturias, ¡nada más lejos de mi intención! Pero el título de este texto, poco original por mi parte, pretende anunciar una reflexión sobre el sentimiento de muchos asturianos hacia nuestra tierra, que no es sólo de carácter geográfico-afectivo, sino más bien de identificación genotípica e incluso, si nos hurgan en las entrañas y nos las remueven, de marcado carácter fenotípico.

Hace algunos días, el presidente de la Fundación Pablo Iglesias, Alfonso Guerra, uno de los grandes de la política española del siglo XX, llamaba la atención sobre los nacionalismos al numeroso público concentrado en las praderas de Rodiezmo en el 27.º aniversario de la fiesta minera por antonomasia. Decía en su discurso que los nacionalismos se oponían a los socialismos (o algo parecido). No sólo tendría razón, en el campo teórico de las definiciones, el que fuera vicepresidente del primer Gobierno de Felipe González, sino que, seguramente, desde la más pura ortodoxia, habría que dársela, porque nada más cerca de los fascismos que los nacionalismos más intransigentes. Pero ¿cuál es el límite geográfico de las fronteras ideológicas?

Años ha, allá por «nuestros franquismos», España era -por aquello del ordeno y mando- lo que hasta las monedas nos recordaban: «Una, grande y libre». En los años del colegio, cuando y donde ya apuntábamos maneras, se comentaba aquello de que era «una» porque si hubiera otra nos iríamos todos, «grande» porque cabíamos todos y los americanos, y «libre» por alguna cuestión sobre la toma de decisiones al rellenar las quinielas semanales. Aquello, que sí era nacionalismo exacerbado, parece ser hoy, para algunos dirigentes de todos los ámbitos políticos, el paradigma de la universalidad a la hora de enjuiciar los estatutos autonómicos.

En el caso asturiano, donde de todo hay como en aquella famosa viña divina, el espectro se reparte gradualmente desde el más «ñoño covadonguismo» (con alfombra roja o no para las bodas como debate más profundo) hasta las más inauditas pretensiones independentistas. De aquel «Asturias es España y lo demás tierra conquistada», que se colocaba en la luna trasera de los «Seiscientos» pasando por las lecciones que nos quieren dar los «padres de la patria», capaces de venir a enseñarnos en sus vacaciones pagadas el valor de un «pedrolo fosilífero» a la entrada de su pueblo (me refiero a la acusación de ignorancia universitaria asturiana que hace algunos días proclamó Juan Velarde Fuertes, con atinada y correcta respuesta de Jenaro García-Alcalde, aclarando el tamaño de un archiconocido yacimiento, por cierto de tan sólo unos 500 km2), la idea de Asturias se diluye entre tópicos y olvidos.

Quiérase o no, el problema radica en que en esta tierra, más antigua de lo que muchos desearían y más universal de lo que algunos pretenden, hay una mayoría de personas que somos capaces de compartir lo nuestro, pero que no soportamos que nos pisen los callos de la memoria, de la cultura o del patrimonio natural. Por eso, cuando desde dentro o desde fuera intentan ningunear o ridiculizar nuestras señas de identidad, somos capaces de defendernos con todo lo que tengamos a nuestro alcance (incluso aunque tenga que aflorar un cierto espíritu racial).

En el momento actual, la reforma del Estatuto de Autonomía está cual balón en el tejado. Algunos se niegan a aceptar una Asturias más independiente en lo administrativo -alegando antinacionalismo- y sacan a relucir el valor del Estado español. ¿Temen a los que tenemos una patria querida? ¿Estarán rememorando dictaduras que no han de volver? ¿No sería más correcto defender una Asturias integrada en la Europa de los pueblos y no en una España defendiéndose de aquélla?

María Jesús Álvarez, presidenta de nuestra Junta General, acaba de recordarnos, en su discurso institucional con motivo del Día de Asturias, que «La reforma del Estatuto tiene que tener en cuenta las necesidades, los anhelos y los proyectos de los ciudadanos». La próxima legislatura, la séptima, será, pues, la de la consolidación de la idea de Asturias, que no puede automarginarse del proceso en que están implicadas las demás comunidades españolas, ni autolimitarse por decisión de unos representantes políticos que no ven más allá de sus particulares pretensiones (ya que los conocimientos, como el valor, se les suponen). Mal se comienza cuando se consulta a un Consejo Consultivo y éste dictamina profundizando en valoraciones filológicas e históricas subjetivas en vez de basarse en la objetividad de la realidad jurídica.

«Asturias tierra bravía, Asturias de luchadores», dice otra de las letras de nuestro particular himno recogidas en el trabajo de Fernando de la Puente. No tiene por qué haber un nacionalismo intransigente en la defensa de la identidad asturiana; puede hacerse desde la derecha, el centro y la izquierda universalista y civilizada, es decir, como recitaba el malagueño Rafael Ballesteros en aquel hermoso disco de «Aguaviva» titulado «Poetas andaluces de ahora», musicado entre otros por nuestro Manolo Díaz, «sin embargo, estamos aquí obligatoriamente obligados a entendernos».

Víctor M. Vázquez es académico numerario permanente del Real Instituto de Estudios Asturianos.