Desde que en 1995 el jurado distinguió a la atleta argelina Hassiba Boulmerka, el Premio Príncipe de Asturias del Deporte ha entrado en una dinámica muy discutible. Cada vez parece menos un premio y más una medalla, una copa o un diploma, es decir, un galardón que solamente tiene en cuenta triunfos deportivos. Incluso a veces, ni eso. Boulmerka corría en competiciones oficiales mientras huía de los fundamentalistas argelinos que, en su ceguera radical, creían incompatible practicar el deporte con ser mujer.
El ejemplo dado por quienes la premiaron no ha sido seguido por los jurados sucesivos. No se trata de convertir el palmarés del Príncipe de los Deportes en una nómina de mártires, pero tampoco el premio es un mundial o unas olimpiadas. El manido argumento de que los premiados son ejemplo de "superación ante las dificultades" es la definición última de cualquier competición deportiva, superar es ganar y las dificultades son los rivales. La selección española de baloncesto ha sido la mejor superando dificultades en el pasado mundial, pero para reconocérselo ya está la medalla que colgaba de sus cuellos. Adornar su fallo con tópicos sobre el espíritu de equipo o los valores del deporte es la forma con la que el jurado ha tapado las carencias de su decisión.
En un país narcotizado por el fútbol tiene mérito llegar a ser campeón del mundo de baloncesto, tanto como serlo de hockey sobre patines o balonmano, pero a los galardonados con un premio Príncipe se les debe pedir algo más. Hassiba Boulmerka usaba el deporte como forma de combatir el fundamentalismo religioso. Esa carrera no la ganó, pero sí un justo Premio Príncipe.
Nacho Monserrat. Periodista.

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