ASEGURA Baura que el verdadero progreso consiste en saber retroceder cuando un camino emprendido no es el bueno, el que lleva al destino deseado. Personalmente siempre he sido hostil, incluso cuando tenía responsabilidades en la televisión, a que los juicios se retransmitan, en todo o en parte, en directo o en diferido, a través de la pequeña pantalla. En muchos países, más veteranos que el nuestro en el ejercicio democrático y en el uso de la televisión, está rigurosamente prohibido que las cámaras, cinematográficas o electrónicas, entren en las salas en las que actúan jueces y magistrados. No es un obstáculo a la libertad de información. Los cronistas, y hasta los dibujantes, pueden entrar libremente en ellos y expresarse, después, de modo libérrimo. De lo que se trata es de proteger a los inculpados, presuntos culpados en el momento de la celebración de un juicio y de, pase lo que pase, salvaguardar la buena imagen de la Justicia, el poder del Estado que garantiza los derechos del ciudadano y cuyo buen funcionamiento garantiza la certeza del sistema.

Desde la Transición, siempre hemos querido ser un poco más demócratas y avanzados que los demás, y ahí están los resultados, no es necesario flagelarse con el «no funciona» del Estado. Además de disponer de un canal -de pago- especializado en la transmisión de todo tipo de juicios, los telediarios suministran, sin la menor continencia, la imagen y el sonido real de las vistas. No, como sería más inteligente, la crónica lúcida de un buen periodista, ilustrada, si se quiere, con apuntes, dibujos e imágenes documentales de los sucesos de los que toma razón. Hace sólo unas horas todos esos telediarios, públicos y privados, han cobrado su atención en el lamentable espectáculo ofrecido por el etarra Iñaki Bilbao. El asesino, orgulloso de su propia condición, amenazó -«a ti te voy a dar siete tiros el día que te eche mano»- al presidente del tribunal que le juzgaba, Félix Alonso Guevara, precisamente por haber amenazado previamente al también juez Baltasar Garzón.

Un espectáculo repugnante, disolvente de los más elementales principios del orden y el respeto, ¿debe ser trasladado en imágenes a los salones y comedores en los que la población sigue la actualidad? No fue un paso de progreso la autorización para que así sea y sería inteligente revisar las razones que lo aconsejaron y obrar en consecuencia. La actitud de Bilbao, acreditado asesino, puede ser entendida como gallarda y valiente por una población infantil y juvenil, seducida por la acción en un marco habitualmente estático. Incluso es un alimento reconfortante para las decenas de miles de vascos que componen el entorno social y político que posibilita la evidencia de ETA. Más aún: millones de ciudadanos no desean asistir a ese tipo de exhibiciones en las que, aparentemente, los jueces y la policía son más débiles que los delincuentes más sanguinarios. Información, sí; no faltaba más. Pero con otros tratamientos.