Desde Munich, tal vez la Europa democrática no haya dado tanta sensación de debilidad como en estos últimos tiempos. Ha tenido que sobrevenir la crítica situación de Líbano y la intervención de la ONU para que los estados euromediterráneos se vean moralmente obligados a ser consecuentes con sus propias llamadas a la pacificación de Oriente Próximo. Y demostrar que, al margen de los compromisos de la OTAN y sin apoyo explícito de Estados Unidos, Francia, Italia y España son capaces de contribuir a la vigilancia neutralizadora de las fronteras de Líbano.
Hasta hemos asistido a una insólita competencia entre Chirac y Prodi para ver quién se atrevía a dar más. Diríase que trataban, sobre todo en París, de borrar la imagen de cobardía que se iba extendiendo, ante los riesgos que, sin duda, comporta una misión de este género. A este próposito, los franceses descubren las ventajas de la profesionalización de sus tropas.
"L´armée de métier" por la que había abogado De Gaulle ya es un hecho. Y Marie Alliot-Marie, enérgica ministra de Defensa, aprovecha la coyuntura para difundir la nueva filosofía de unos cuerpos expedicionarios preparados para que, en cualquier momento, puedan ser enviados a la zona caliente que requiera presencia armada. Fórmula experimentada hace tiempo por otras grandes potencias.
Recientes acontecimientos son prueba de que sin esa inmediatez y predisposicion de apagafuegos no hay acción diplomática solvente y efectiva. Todo negociador no se fía sólo de la voluntad de diálogo y de buenas intenciones de los interlocutores si no acuden respaldados por la moral que infunde la propia voluntad de defensa, ante eventuales casos de agresión.
Ahora mismo, España tiene planteado un problema muy serio en las islas Canarias, consideradas territorio de la UE y con cobertura de la OTAN, desde el ingreso en ambas organizaciones. Pero no es ningún secreto que en el continente negro son muchos los que reivindican las Afortunadas como tierras africanas, antes que europeas. De ahí que la emigración y desembarcos masivos al citado archipiélago puedan antojarse como un modo de ensayos de invasión pacífica, secretamente estimulada por gentes interesadas. Parece que quieran comprobar los medios y capacidad de rechazo de isleños y peninsulares. Y, si se terciara, la de sus aliados en situaciones de emergencia.
Hasta ahora, la solidaridad humana y eficacia organizativa de las administraciones autonómica y estatal funcionaban loablemente. Pero, ante el alud, cada día más torrencial, de desembarcos, se aprecian signos de impaciencia, desbordamiento y fatiga, tanto en Las Palmas y Tenerife como en Madrid. A la vez que una floja, si no nula, operatividad de la Unión Europea. Mientras, por fin, los europeos deciden reforzar la acción pacífica de los cascos azules en Líbano, otras fronteras más próximas reclaman asistencia y plantar cara.

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