Aquel día de finales de verano Nueva York amaneció bajo un sol radiante que perfilaba las torres del World Trade Center sobre el famoso skyline de la ciudad, el símbolo de la capital financiera del mundo. A las 8:44 hora local un Boeing 767 de la compañía American Airlines se estrelló contra la torre norte del complejo y, en pocos minutos, el planeta se quedó petrificado. Aquel avión había surgido de la nada para cambiar el mundo.

Cinco años después, la sombra de aquellas torres inmensas que se desplomaron sobre casi 3.000 personas y ante el estupor de millones de telespectadores continúa justificando la denominada guerra global contra el terror que emprendió entonces la nación más poderosa de la historia. Los Estados Unidos de América, heridos y humillados en un nuevo Pearl Harbor, siguen hoy inmersos en su lucha mesiánica en nombre de la libertad, la democracia y contra el terrorismo islámico, desarrollada al margen de la legalidad internacional y apoyados por el Reino Unido, su tradicional aliado, y un puñado de estados menores.

Miembros de la Administración Bush han reconocido públicamente que la estrategia de EEUU no puede calificarse como un éxito y que ha potenciado precisamente aquello que se pretendía combatir. "No los estamos matando más rápido de lo que se crean", en palabras del vicedirector del Pentágono para la guerra contra el terrorismo, el Brigadier General Robert Caslen. Mientras, en la vieja Europa, Reino Unido y Alemania han frustrado recientemente dos atentados islamistas a gran escala, al igual que Dinamarca y, según analistas, en la sucia batalla contra el terrorismo Occidente se ha dejado aspectos fundamentales de sus derechos civiles.

Siete días después de los ataques, el presidente George W. Bush estableció ante la prensa los objetivos de la ofensiva militar a escala global que EEUU estaba a punto de iniciar: capturar "vivo o muerto" al saudí Osama Bin Laden, supuesto autor intelectual del 11-S; destruir a la organización Al Qaeda y prevenir el surgimiento de nuevas redes terroristas. Media década después, ni uno sólo de estos objetivos ha sido alcanzado, aunque las redes de la yihad islámica han encajado serios golpes -el mayor de ellos, posiblemente, la muerte de su líder en Iraq, Abu Musad al Zarqawi- y Estados Unidos no ha sufrido ningún ataque a gran escala en su territorio.

Un informe de estrategia nacional publicado hace días por el Gobierno de EEUU asegura que la amenaza de Al Qaeda ha sido "reducida significativamente" y apunta ahora a Siria e Irán, estados que "albergan a terroristas en su interior y financian actividades terroristas en el extranjero". El documento cita poco a Bin Laden, quien, según el asesor de seguridad interior de la Casa Blanca, Fran Towsend, "continúa siendo el objetivo número uno en términos de esfuerzos pero no el único".

Puede que en la actualidad EEUU sea un país más seguro. En el resto del mundo, los atentados de corte islamista han golpeado al Reino Unido, España, Turquía, Túnez, Marruecos, Kenia, Israel, Iraq, Jordania, Arabia Saudí, Yemen y Egipto, así como Rusia y el Cáucaso, en el sureste asiático y en Asia Central, donde India ha sufrido el mayor número de víctimas. Por otra parte, en los estados donde EEUU materializó la doctrina de la guerra preventiva, Iraq y Afganistán, la situación es caótica en extremo.

Seguridad frente a las libertades

Por desgracia, no sólo la seguridad global se ha visto afectada por la guerra contra el terror. Recientemente, el Congreso de Estados Unidos renovó tras un agrio debate la polémica Ley Patriótica, que otorga facultades inéditas a los cuerpos de seguridad para investigar, detener y espiar a ciudadanos norteamericanos. Asimismo, impone mayores restricciones para la emisión de visados, un sistema de rastreo computerizado de los estudiantes extranjeros (conocido como SEVIS) y un programa que almacena las huellas digitales y otros datos biométricos de todos los foráneos que entran y salen del país.

La mayoría de analistas coinciden al señalar que, cinco años después del 11-S, los derechos civiles han sido minados en EEUU y que las medidas extraordinarias contra las libertades adoptadas por el Gobierno de Bush están en entredicho. Es un reflejo a gran escala de lo que sucede en el resto del mundo. Europa, avergonzada ante el escándalo de los vuelos secretos de la CIA que, en su ejercicio de traslado de supuestos terroristas, hicieron escala en países como España, se ha visto obligada a endurecer las medidas de seguridad, con un férreo control de los sistemas de transporte y las comunicaciones. "El programa de entregas extraordinarias (de sospechosos) también ha puesto de relieve el hecho de que los servicios secretos estadounidenses pueden operar encubiertamente en Europa de espaldas al Estado de derecho", denuncia Amnistía Internacional.

Las urgentes medidas de seguridad son palpables también en nuestro país, donde tras el 11-M entró en vigor el Plan de Prevención y Protección Antiterrorista, que desde entonces ha alcanzado en varias ocasiones su segundo nivel de alerta. Actualmente, el Gobierno prepara una nueva ley que obligará a identificar a los 16 millones de usuarios anónimos de teléfonos móviles. Los expertos señalan que, aunque persiste el riesgo de que España sufra otro atentado terrorista de nivel similar al ocurrido en Madrid, éste es menor que en 2004.

Algunos analistas sostienen que la retirada de las tropas de Iraq ordenada por el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero, la posición española en el conflicto entre Israel y Líbano y el envío de tropas en la misión de la ONU que ahora comienza han reducido dicho riesgo. Sea como sea, los servicios de inteligencia consideran que, al igual que en el resto de Europa, la principal amenaza radica en la segunda generación de inmigrantes islámicos, siguiendo el perfil de los jóvenes británicos de origen musulmán que perpetraron los atentados de Londres. Sin duda, el mayor peligro radica, según el profesor de Harvard Joseph S. Nye, en olvidar que "la lucha (contra la yihad) no es un choque entre el Islam y Occidente, sino una guerra civil al interior del Islam, entre una minoría de terroristas y una mayoría de creyentes no violentos".

El cine como arma de propaganda

Desde de que se produjera el desplome de aquellas torres, la Administración Bush se viene valiendo de todos los medios a su alcance para inculcar los fundamentos de su peculiar cruzada universal a los ciudadanos de todo el mundo. Era evidente que el poder iba a aprovechar, tarde o temprano, el imperecedero filón temático-argumental que suponen los atentados del 11-S, para recrear los acontecimientos desde la ficción. Pero hacía falta tiempo. Porque el tiempo, según dicen, es el olvido.

Han pasado cinco años. Periodo suficiente para certificar, cuanto menos, que algo más de dos torres se vino abajo aquel 11 de septiembre. A partir de entonces, la denominada ‘guerra contra el terror’ justificó, entre otras muchas cosas, un recorte de la libertad creativa con la que hasta ese momento había trabajado la industria del celuloide en EEUU. El cine en su totalidad, especialmente el de acción, se vio obligado a mudar drásticamente tras los atentados de septiembre: las escenas más desagradables se eliminaron de las superproducciones, mientras los guiones de aquellas películas que pretendían narrar el más mínimo acontecimiento trágico de implicación colectiva comenzaban a acumular polvo en los archivos de las grandes majors.

Ahora, aprovechando tan lastimosa efeméride, Hollywood, que para esto tiene mucho ojo, ha decidido rendir tributo a las víctimas y héroes que se vieron obligadas a protagonizar aquella catástrofe. Dos películas -United 93 y World Trade Center- recuerdan diferentes aspectos de aquel fatídico 11 de septiembre, mientras los americanos debaten sobre lo oportuno de su exhibición.

Varias asociaciones de víctimas y diversos grupos de ciudadanos en Estados Unidos han manifestado su total desacuerdo con la recreación fílmica de semejantes acontecimientos. Hay heridas que no cicatrizan nunca. “¡Basta!, ya no quiero recordar”, que escribiera Flórez Estrada. Pero la industria del cine se ha resistido a aceptar que dicho suceso no pueda ser recreado en un estudio -lejos de Nueva York; de aquel lugar ahora innombrable-, sin que el ejercicio se convierta en un azote generalizado a la conciencia de muchos. Y, ya se sabe, donde manda patrón, no manda marinero.

Un objetivo, dos películas

Anunciado a bombo y platillo, uno de estos filmes, que se exhibirá en España a partir del 29 de septiembre, es la última película del hasta ahora controvertido Oliver Stone (JFK, Looking por Fidel). World Trade Center es un impactante y conmovedor regreso al interior de las torres gemelas, que relata la historia de supervivencia de dos policías de Manhattan que quedaron sepultados durante más de 12 horas en aquella cárcel de escombros. Sólo 20 personas fueron rescatadas con vida del World Trade Center aquella mañana después de que los dos edificios se derrumbaran. El film nos descubrirá si estos dos policías formaron parte de ese pequeño grupo de ‘iluminados’ que pudo salvar su vida in extremis.

Por su parte, Paul Greengras (Bloody Sunday, El mito de Bourne) recrea en United 93 los hechos que tuvieron lugar en el interior del denominado ‘cuarto avión’, en el que los pasajeros evitaron que los secuestradores estrellaran la nave, presumiblemente, contra el Capitolio. La película narra en tiempo real el despegue, el posterior secuestro y el intento desesperado de los pasajeros de aquel Boeing 757 por salvar su vida, toda vez que se percataron de que su secuestro formaba parte de un plan de ataque global perfectamente coordinado. Desconocían, sin embargo, que aquel United Airlines procedente de Nueva Jersey acabaría estrellándose en Pensilvania, a unos 130 kilómetros de la ciudad de Pittsburgh. No hubo supervivientes. El director ha intentado conjugar el miedo y la valentía de aquellos héroes anónimos que se negaron a correr la misma suerte que gran parte de sus compatriotas habían padecido aquella mañana. Sin embrago, son muchos los que, tras ver la película, piensan que lo único que conseguirá esta reconstrucción fílmica será despertar fantasmas que ya estaban dormidos.

Meritos cinematográficos a parte, ambas películas han sido acusadas de una total inhibición critica; de un patriotismo desmesurado; de un intento de configuración de un panfleto apologético que ayudará a reconstruir la moral de los americanos y a diseñar ciertos héroes que, a partir de ahora, cobran corporeidad y pasan a participar del devenir histórico. Dos películas que, para gran parte de la crítica, bien podían haber utilizado el himno nacional como efectiva banda sonora. Por suerte o por desgracia, quién sabe, no siempre ha sido así.

Varios productos cinematográficos habían utilizado ya el 11-S como telón de fondo. Y lo habían hecho de una forma políticamente incorrecta e irreverente, lo que, al menos en el ‘país de la libertad’, les condenaba paradojicamente a un total ostracismo. El siempre incorregible Michael Moore consiguió la Palma de Oro en Cannes gracias a Fahrenheit 9/11, un documental que se afanaba en defender que la Administración Bush había utilizado los atentados para obtener un beneficio político. Hubo otros intentos, como la película colectiva 11 de septiembre, compuesta por 11 cortometrajes dirigidos por idéntico número de cineastas representativos de una gran diversidad cultural. Cada una de las piezas, en una especie de homenaje, tenía una duración simbólica de once minutos, nueve segundos y un fotograma (11'09"01).

A partir de ahora, el cine pasa a formar parte de ese conjunto infinito de ‘herramientas’ que, a disposición de la Administración estadounidense, están destinadas a reparar una moral enferma. El plan -quizá no se les ocurrió uno mejor-: repetir constantemente aquello de ¡Dios bendiga América! En una sala de cine, y donde haga falta.