Cinco años es tiempo según para quién. Para un periodista, siglos; poco para un historiador, casi nada para el geólogo, y menos que nada para el banco, porque cualquier derecho a favor de Hacienda ya ha prescrito. Pero para quienes presenciaron en directo por televisión el colapso de las Torres Gemelas la sensación es ambigua. Cinco años tienen más de mil ochocientos días, en este caso de notable densidad histórica. A lo largo de ellos hemos sido testigos de varias guerras. Hemos visto una nueva vuelta de tuerca a la revolución conservadora en América, el súbito colapso de la España de Aznar, y los comienzos de un lento declive en la de Zapatero. Y sin embargo, parece como si hubiera sucedido ayer.

Las pautas de comportamiento influyen sobre nuestra vivencia del tiempo. Los 90 fueron una época de sorpresa y cambio. El hundimiento del comunismo, el despegue de las nuevas tecnologías de la información y la prosperidad económica de la era Greenspan abrieron un mundo de posibilidades que desafiaban el angosto ancho de banda de nuestra percepción subjetiva. La acumulación de efectos, como en la coda final de una ópera de Wagner, creaba la ilusión de que el tiempo transcurría más despacio.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 nuestro mapa mental del mundo, debido a exigencias de la guerra emprendida por Mr. Bush contra el terrorismo y el eje del mal, quedó reducido a un eje de coordenadas maniqueo y ramplón: en un cuadrante aquellos que están a favor de acabar con Al-Qaida y su franquicia del terror al precio que sea (y que ven con buenos ojos el orden mundial de Washington); en los otros, los que prefieren transigir, justificar o incluso establecer una tregua con el radicalismo islámico, en la forma de una nueva Paz de Augsburgo (sigificativamente bien dispuestos a secundar cualquier propuesta multipolar procedente de París).

Este sistema de referencia no tolera la variedad, ni por un extremo ni por el otro; por el contrario fomenta una serie de actitudes estandarizadas y reiterativas que nuestra psique encuentra fácil reducir a un denominador comun a la hora de archivarlas en la memoria. Ayer, según parece, Bush, Zapatero o Suso de Toro dijeron esto aquello o lo otro, como siempre: hoy, con toda seguridad, nos vamos a manifestar multitudinariamente, les vamos a tirar huevos o a escribir en mi periódico un artículo que les arranque la piel a tiras. La producción de ideas, igual que la de automóviles, se ha vuelto robotizada y modular. Menos carga de la CPU significa mayor eficacia en el procesamiento y una sensación de rapidez en el devenir de los acontecimientos.

A partir de mañana todos los medios del mundo libre se despacharán con una avalancha de editoriales, reseñas y análisis conmemorativos –escritos ya desde hace días- sobre el 11-S. Quien tenga tiempo y deseos de saber lo que hay más allá de los primeros párrafos no debería hacer caso a prácticamente nada de lo que le cuenten. La mayor parte no será más que pirotecnia y alarde de gacetilleros y lansquenetes mediáticos, los cuales, al igual que los arbitristas españoles del Siglo de Oro, ridiculizados por Jonathan Swift en su voladora isla de Laputa, intentan venderse lo mejor que pueden en el gran mercado de los ingenios.

Pese a toda la desgracia humana provocada por la catástrofe, el 11-S no marca un antes y un después. Tampoco ha logrado parar la globalización, como muchos alegremente sostienen, ni torcer el rumbo de la historia. Si un atentado terrorista puede hacer eso, entonces la civilización occidental no habría sido capaz de sobrevivir a las guerras mundiales. Se ha producido una gran conmoción espiritual, volar es ahora más incómodo que antes a consecuencia de las agobiantes medidas de seguridad, y los arquitectos del siglo XXI se cuestionan el seguir diseñando rascacielos. Pero las grandes fuerzas de nuestra época –la movilidad, el desarrollo técnico y científico, la globalización- continúan adelante, intactas e inevitables.

Estoy convencido de que el mundo superará este impás ideológico y moral provocado por el 11-S, tal vez antes de lo que creemos. La sempiterna, y ya tediosa confrontación entre think-tanks neoliberales y trasnochadas luminarias de la progresía terminará algún día, como los derechos prescritos de Hacienda, reducidos a la irrelevancia por los verdaderos problemas del siglo XXI. El 11-S fue una tragedia humana, fruto de la barbarie y el fanatismo religioso. Hay que rendirle el debido homenaje, breve, cabal y limpio de alardes periodísticos. Si tuvo un significado, no es algo que se pueda expresar con palabras. El 11 de septiembre ha de ser un día del silencio y del duelo. Sigamos el consejo dado a sus ayudantes por un político francés: “No es necesario que habléis sobre ello, pero pensad siempre en ello”.