Zepelines y enseñanza primaria, de José Luis Giménez-Frontín en El Mundo de Cataluña
«Francia vuelve al sistema tradicional para enseñar a leer», titula El Periódico del martes una crónica en la que, no sin cierto retintín, se comenta el debate pedagógico que ha concluido con el abandono de los métodos «descendente» e «interactivo» (de la pedagogía progresista, para entendernos) para aprender a leer y a escribir. También se anuncia un retorno a la memorización básica en el cálculo matemático. Y para algunos lo más inconcebible todavía: la recuperación de «notas» de comportamiento escolar, en un intento de devolver algún grado de autoridad moral a los profesionales de la docencia. En la base de este triunfal regreso, nada menos que en la enseñanza laica francesa, del «pensamiento conservador» (son calificativos de director del Departamento de Lengua, Literatura y Ciencias Sociales de la UAB) está la constatación de un 20% de fracaso escolar en la lectura elemental y, en otro terreno, los 82.000 incidentes (más de 24.000, con violencia física) registrados en la escuela pública el pasado curso escolar. Según el director del mencionado departamento universitario, el pedagogo defensor del método silábico es conservador, habrá que suponer que entre otros motivos, porque «confía sólo en las estadísticas (...) Busca que el niño aprenda a leer y no tiene en cuenta si entiende lo que lee».
Hacía tiempo que no constataba un comentario tan abierto e inocentemente ideológico. ¿Cómo es posible tamaña pérdida de conexión con la realidad y de sentido común? ¿Desde cuándo es conservadora la atención a la realidad estadísticamente computada? ¿Sabemos cuál es realmente nuestro índice de fracaso escolar en la materia? ¿Inferior, superior al 20%? ¿Y desde cuándo el método silábico confía sólo en las estadísticas (que al parecer le son favorables) y renuncia por principio a la comprensión de lo leído? ¿Debemos calificar de progresista tanta fe en la excelencia de las innovaciones metodológicas al margen de su constatación empírica, en último extremo tanta defensa académica del status quo? ¿Por qué, en Cataluña, el posible debate entre pedagogos ya aparece politizado antes de nacer?
Por otra parte, atribuir el éxito o el fracaso de la escolaridad únicamente a la excelencia de un método de enseñanza, o de una combinación de todos ellos, puede constituir otro auténtico dislate intelectual; los factores lingüísticos, familiares, sociales y culturales del entorno son, sin duda alguna, de primer orden.Ciertos pedagogos me recuerdan, sin embargo, a los defensores de los zepelines, que la mayoría de ingenieros y de cronistas de su tiempo alabaron como el no va más de las comunicaciones sociales, al tiempo que desdeñaban la aviación como un mero deporte de niños bien. Para ser un poco más cruel, también viene a pelo un apólogo -si la memoria no me falla, la narración es de Quevedo- en el que un maestro de espadachines muere en un duelo de una estocada bien real, pero según él inexistente, al no venir registrada en su manual.
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