En Al Grano del miércoles ya se adelantaba un muy previsible primer duelo verbal de la temporada entre Zapatero y Rajoy, el titular y el aspirante, para la tarde del jueves en el Congreso. Y así fue. Sobre cuestión tan forzada y tan artificial como sobre si los soldados españoles irán a la guerra o irán a la paz cuando se desplacen a Líbano para reforzar con nuevos efectivos a las fuerzas de la ONU (FINUL) instaladas en ese país, según dispone la resolución 1701 del Consejo de Seguridad.
El duelo parlamentario se produjo y, como se temía, en el ambiente volvió a flotar la guerra de Iraq y su derivada fundacional del vigente mapa del poder. Era casi inevitable que, en el tiempo electoral abierto con el nuevo curso político, las dos partes estuvieran interesadas en manosear la caja negra del 14-M. Ni Rajoy ni Zapatero resistieron la tentación de convertir la crisis de Líbano en un asunto doméstico, así como en la primavera de 2003 (guerra de Iraq) la apuesta de Aznar supuso un desgarro de efectos tardíos en nuestro tejido político y social.
Difícilmente entenderán los ciudadanos españoles que ayer, en el Congreso, se alcanzara tal grado de agresividad entre el presidente del Gobierno y el líder del principal grupo de la oposición cuando ambos estaban totalmente de acuerdo respecto al asunto a debate: autorizar el envío de hasta 1.100 soldados españoles a Líbano para contribuir, junto a fuerzas de otros países bajo mandato de la ONU, a garantizar la paz y el alto el fuego acordado por Israel y Hezbolá.
Rajoy apoyó la iniciativa del Gobierno (el envío de las tropas), pero no dejó de arremeter contra la "hipocresía", la "incoherencia" y las "mentiras" de Zapatero. Y el presidente sabía que Rajoy no podía oponerse, pero, irritado por las descalificaciones personales de éste, no perdió ocasión de hurgar en la herida y volver a agitar la foto de las Azores. "Su intento de justificar sus errores del pasado es vano y casi patético", le dijo Zapatero. "Lo único prudente y sensato que ha dicho usted es anunciar su voto favorable a la propuesta del Gobierno", añadió.
Para entonces, Rajoy ya le había reprochado sus "arranques melodramáticos" y sus "declaraciones engoladas para pasmo del universo". Era evidente su propósito de provocar un duelo bilateral con el presidente del Gobierno. Y lo consiguió, aunque en principio sólo estaba prevista la intervención del ministro de Defensa y de los portavoces parlamentarios. Pero Zapatero entró al trapo y, hacia las ocho de la tarde, tomó la palabra. Encantado porque Rajoy le daba una enésima oportunidad de seguir viviendo de las rentas. Las del tremendo error cometido por Aznar con su desdichada apuesta personal de aquella convulsa primavera de 2003.

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