Los políticos son como niños, y sus respectivos y simpáticos portavoces y jefes de prensa todavía peor, parecen bebés. Ayer, en el Congreso de los Diputados tanto el jefe del Gobierno con sus portavoces jugaban al despiste general haciendo creer a medios y a la oposición que Zapatero —que no se movió de su escaño ni un minuto durante el debate de el Líbano— no iba intervenir. Cumplían instrucciones, es verdad, pero lo que no pueden hacer es mentir como si no supieran lo que estaba planificado, con excepción hecha del gran Moraleda, que es mucho más largo, y cuyo ascenso a ministro portavoz propuesto por Marcello gana puntos entre las sonrisas de su escalafón, donde no hay que perder de vista a la coronela María de los Ángeles, la portavoz de la vicepresidenta De la Vega, que también manda lo suyo en Moncloa.

A los políticos y a los portavoces lo que más les gusta es reñir a los periodistas, o dicho de otra manera, quejarse de lo que escriben o dicen, lamentándose siempre de los daños colaterales que reciben sus pupilos o jefes políticos. Y esto ocurre en el Gobierno y en el PSOE, a igual que pasa con los portavoces del PP, donde vemos inquieta por causa de las nuevas incorporaciones al PP a doña Belén Bajo Derecha, que sin embargo sonríe y hace de la necesidad virtud y que tiene la horrible manía de decirle a los profesionales lo que tienen que hacer, como hacen los del PSOE.

A ver si aprenden: lo mejor que debe hacer un portavoz es, en primer lugar, no mentir. Si no quiere informar o responder, que calle o se evada, pero nunca mentir. Y después lo más útil para su función es utilizar eso de al mal tiempo buena cara, no perder contacto pase lo que pase, porque lo que más desgasta es la relación personal —porque les acabas tomando cariño—, y sobre todo ofrecer información, de fondo y de actualidad, a grandes y pequeños medios. No más exclusivas de Moncloa a Prisa, ni de Génova a la Orquesta Mediática Mondragón. No es fácil, ya lo sabemos, pero deberían tomar nota y ejemplo del modelo anglosajón de los portavoces, que empieza por responder a las preguntas y que sigue por dar información.

Por ejemplo, y esto va para Angélica, la portavoz de De la Vega, las ruedas de prensa del Consejo de Ministros no puede tener aires de escuelita de verano. Hemos quedado que los que son como niños son los políticos y sus portavoces, pero los periodistas no. La referencia escrita del Consejo se debería repartir antes de la rueda de prensa, no se puede someter a los informadores al castigo de un discurso de una hora de la lectura de dicha referencia, sino a una valoración de lo más importante del Consejo y luego a las respuestas concretas a las preguntas que se hacen, sin evasivas. Ni vale, por ejemplo, decir que no se responde a las declaraciones de los portavoces de su entorno o de los partidos aliados —Maragall, Carod y compañía—, pero sí cada vez que dijo algo alguno del PP. Porque dichas convocatorias periodísticas, de un tiempo a esta parte, están más dedicadas a poner verde a la oposición —en ciertos casos con preguntas pactadas con algún falso periodista o activista del PSOE— que a explicar las acciones de Gobierno, como suele ser el caso.

Un día de éstos vamos a dar un cursillo, gratis total, para portavoces políticos. A ver si establecemos entre todos unas normas de mutuo respeto y cortesía, y también un trato de igualdad para todos los profesionales y los medios de comunicación, algo que, ya se sabe, es mucho pedir. Aunque, como dicen los portugueses, “no hay enemigo pequeño”, y mucho menos desde que se inventó Internet, por más que en la Moncloa lo borren de las agendas de la Comunicación y de sus campañas publicitarias, negando la realidad que luego les llega a la frente como un certero bumerán.