Había pensado escribir sobre la recuperación de las dos grandes obras del gran artista noruego Edvard Munch: El grito y Madonna, a los dos años de su robo a mano armada en un museo de Oslo. Aunque las pinturas presentan algún daño, seguro que en poco tiempo volverán a estar en exposición pública.
Había pensado evocar el destino paradójico de los objetos de arte en nuestro mundo, cuya imagen está más que nunca disponible para todos a través de los diversos medios tecnológicos de reproducción, pero cuya propiedad sigue estableciéndose en términos de valor material, de dinero.
Había pensado escribir sobre ese tipo de cuestiones, pero se me cruzó en el camino la pregunta de qué es lo que lleva a la gente, a personas de las condiciones más diversas, a situar el arte y los valores que llamamos culturales por encima de los estrictamente materiales.
Veía distraídamente, mientras pensaba, un programa de televisión en el que Ségolène Royal, quizás candidata socialista en las próximas elecciones presidenciales francesas, siempre que la vieja guardia de su partido lo permita, respondía con buena capacidad de expresión las preguntas más o menos ingeniosas de un grupo de periodistas. Una amable e inteligente puesta en escena: ya sabemos, en el mundo de hoy el desempeño de la política tiene que pasar la prueba del espectáculo.
Pero, de golpe, todo se cortó: mensajes incisivos, de una gran brillantez plástica, me ofrecían, uno tras otro, cuatro coches distintos, que me dotaban a la vez de lujo y seguridad. Cuatro coches distintos, aunque bastante próximos en sus prestaciones tecnológicas.
Y, tras los coches, a comer, anuncios sobre productos alimenticios precocinados. En un caso concreto: claro, pasta italiana, para comer a solas con música de Vivaldi. O sea, el infierno. ¿Cómo puede la gente sencilla, la gente normal, llegar a establecer criterios para discriminar lo que de verdad enriquece a los seres humanos, lo que de verdad tiene un valor cultural o artístico?
Desde luego, cada vez menos viendo la televisión: un soporte electrónico de embrutecimiento y alienación salvo contadísimas excepciones. Para no hablar de cómo llega, a través de ella, lo que se sigue llamando información, una representación editada de lo que pasa, donde los criterios para formar un juicio propio por parte del que mira son prácticamente inexistentes.
En otro momento, cuando en lugar de la proliferación de canales, todos ellos homogéneos e intercambiables, la televisión era todavía única, se reservaban al menos unas cuotas. Uno de los pensadores franceses más interesantes hoy en día, Bernard Stiegler, manifestaba hace unos meses que él había aprendido a amar a Sófocles gracias a la televisión de De Gaulle.
Seguro que si hoy preguntamos la mayoría confundiría a Sófocles con un jugador de fútbol brasileño, ya retirado. Aunque se llamaba Sócrates. Pero da igual. Uno de los soportes de comunicación más importantes inventados por los seres humanos, formidable vehículo potencial de cultura y enriquecimiento antropológico, se ha convertido en un terminal irreversible de sumisión al consumo y de adormecimiento de las capacidades críticas y creativas. ¿Cómo hablar de Munch...? ¡Acabemos cuanto antes con la televisión, con esta televisión, una y la misma, insufrible, en todos los rincones del planeta.
© Mundinteractivos, S.A.

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