Hace unos días se conocieron los resultados de un estudio realizado por reconocidas instituciones de nuestro país, consideradas serias, entre ellos la Universitat Pompeu Fabra, cuyo resultado revelaba que el 65% de los jóvenes de Cataluña aspiraba a ser funcionario.Habría que conocer a fondo el estudio, pero como titular bastaría para sentir un escalofrío de espanto. Da mucho que pensar que el relevo generacional esté formado por un grupo tan numeroso de gente que no tiene la menor intención de asumir ningún riesgo.En este país tenemos ya un excedente de funcionarios, de personas que no ven en su puesto de trabajo -excepciones las hay en todas partes- más que una fuente de ingresos segura, que apenas les exige nada, fuera de hacer acto de presencia en un lugar determinado y no estar ostentosamente de brazos cruzados, pero sin que nadie les exija un rendimiento y menos aún que ese rendimiento sea bueno. Muchos de los actuales funcionarios no sobrevivirían en el mercado laboral libre. Es un hecho. A pesar de que la maquinaria de la Administración debería ser fundamental para el funcionamiento del país, el funcionariado es el único colectivo que no debe rendir cuentas. Pero resulta que eso es lo que hace más que atractivo para ese 65% de jóvenes. Bastante más de la mitad de las personas que forman parte de las nuevas generaciones se ha acostumbrado a lo fácil, a lo cómodo. No da la impresión de que nadie -ni padres ni centros educativos y de enseñanza- haya sabido prepararlos para afrontar la vida, para tomar decisiones, asumir riesgos y responsabilidades.
Mientras otros -evidentemente, bastantes menos- pretenden cambiar el mundo enfrentando los retos de nuestra sociedad aburguesada y sometida a la globalización del miedo al futuro y del abandono de los propios derechos a cambio de seguridad, de ser tutelados a costa de las libertades de todos.Ellos, los jóvenes en su conjunto, son nuestro futuro, son los que ocuparán los puestos de gestión y de poder, los que decidirán y darán forma a un determinado modelo de sociedad. Asusta pensar que ellos, el 65% de los jóvenes de Cataluña, quieren ser funcionarios, a pesar de que ya no está el mundo para el «vuelva usted mañana».Se han acostumbrado a vivir inmersos en la ley del mínimo esfuerzo, a tenerlo todo, a vivir con y de sus padres, a que siempre haya alguien para sacarles las castañas del fuego. Quizás creen que conseguir plaza de por vida en la administración es el paso natural y lógico: pasar de la protección de los padres a la del Estado.Alguien debería contarles que no han entendido nada. Si realmente el 65% de los jóvenes consiguiera su sueño, el resto sólo trabajaría para pagar sus sueldos, en perjuicio grave de la sociedad de la que también seguirían formando parte. Los otros, los jóvenes que quieren ser otra cosa, difícilmente podrían mantener el mundo en marcha. Sólo cabe esperar que la Administración del Estado decida un día acabar con el funcionariado improductivo, que se modernice y jamás pueda ofrecer tantos puestos de trabajo. Entre la vuelta al cole, el síndrome post-vacacional, las colas en el mostrador de inscripciones de gimnasios y demás, los fascículos con bricolage incluido y el resultado de este estudio, mal empezamos el curso. ¿Alguna vez nos detenemos a pensar qué estamos haciendo exactamente y qué es lo que de verdad nos gustaría hacer? Ya sólo falta que el próximo estudio que se haga sobre jóvenes, indique que un elevado porcentaje de mujeres tiene por toda aspiración casarse con un hombre rico que las mantenga. Cosas igual de peores se están viendo ya.
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