En esencia, la cuestión en liza gira en torno a la naturaleza, fundamento y legitimidad del orden internacional. Afirmemos, de entrada, que no cabe duda al respecto: el tratado de No Proliferación nuclear (TNP) es, fundamentalmente, un acuerdo de carácter parcial y discriminatorio que traza una clara línea divisoria entre aquellos a quienes se permite la posesión de armamento nuclear y aquellos otros que no deberían hallarse en su posesión... El primer ministro de Yemen, quien ha declarado recientemente que el tratado es discriminatorio según se trate de unos u otros pueblos del planeta, no hace más que intentar incorporar a la discusión a propósito de los planes nucleares de Irán el ingrediente del conflicto con el islam, fuente de confrontación.

Después de la Segunda Guerra Mundial y a lo largo de la guerra fría, los europeos aceptaron la fundada legitimidad del poder estadounidense y su posición preeminente en la escena internacional, reconociendo a un tiempo que únicamente en manos de Washington se hallaba la capacidad de disuasión del ciertamente operante e inequívoco peligro soviético.

Sólo lograba hacerse oír una tenue - aunque ruidosa- minoría opuesta al paraguas militar estadounidense en el seno de la OTAN, que enarbolaba el eslogan "Mejor rojos que muertos" para decir que sería preferible dejar que los comunistas de la URSS se apoderaran de Europa a sufrir las consecuencias de un conflicto nuclear en suelo europeo. Sin embargo, la mayoría de los europeos aceptó la realidad política impuesta por el hecho de que, a fin de conservar su libertad y sus instituciones democráticas, habían de aceptar la distribución de poder en el mundo.

Tras la caída de la Unión Soviética, numerosos europeos empezaron a cuestionar los postulados básicos de la posguerra mundial. La mayoría de los europeos juzgó que el mundo avanzaba hacia una nueva era presidida por la cooperación, la democracia y la relativa armonía. Posteriormente, durante un corto periodo de tiempo, tras los atentados terroristas del 11-S en Estados Unidos en el 2001, pudo advertirse cierto sentimiento de miedo y alarma en Europa e incluso de solidaridad con Estados Unidos... para al poco percibirse claramente que la mayoría de los europeos no compartía la preocupación estadounidense relativa a las amenazas del terrorismo internacional y las armas de destrucción masiva.

Aunque ciertamente los europeos compartían parte de estas preocupaciones, no estaban dispuestos a invertir en la cuestión militar para mejorar sus sistemas de defensa, por seguir creyendo en la solución de los conflictos a través de los instrumentos de la lógica y la razón incluso frente a elementos fanáticos. En esencia los europeos consideran, pese a su retórica, que Estados Unidos no representa una amenaza o riesgo para su libertad ni abriga intención alguna de controlar o supervisar sus vidas e instituciones.

La guerra contra el terrorismo, contra la yihad y contra los estados que no respetan las normas de convivencia de la comunidad internacional constituye una guerra en torno a la naturaleza del orden mundial, sus elementos e instancias democráticas y sus instituciones libres. Vencido el plazo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a Irán el 31 de agosto, Europa ha de decidir si quiere restablecer el orden internacional previsto por el tratado de No Proliferación nuclear o, por el contrario, dejar que se desintegre hasta su completa desaparición... Mientras se aproxima la hora del juicio final, Europa no puede, de ningún modo, eludir su propia hora de la verdad.