¿Está el Congreso para algo más que para aplaudir el enganche dialéctico entre el líder de la oposición y el presidente del Gobierno? ¿Está sólo para el lucimiento de los portavoces y para la explotación propagandística de la política de cada uno de ellos? Si hubiera que responder contemplando lo que pasó ayer mientras el ministro de Defensa explicaba a la Cámara los detalles del envío de nuestras tropas al Líbano, la conclusión sería que, lamentablemente, sí. Porque ocurrió que, cuando José Antonio Alonso, en una muy buena intervención, detallada y realista aunque no cruda, desgranaba ante sus señorías las condiciones y los riesgos que esperaban a nuestra tropas en tierra libanesa, el ruido de las conversaciones entre los diputados era de tal nivel que desde la tribuna de prensa se hacía difícil entender qué decía el ministro. Algunos escuchaban pero otros muchos hacían caso omiso de lo que allí se estaba exponiendo.

Hay que ser muy idiota o muy tramposo para no ser consciente de que los soldados españoles van allí a jugarse la vida y de que puede que alguno de ellos regrese a casa metido en una caja de madera y plomo. Y, si no se es ninguna de las dos cosas, hay que ser muy frívolo para no escuchar con respeto y preocupación lo que algunos estábamos escuchando.

No parecía importar a las señorías los detalles de la operación. Pasaron del asunto con una irresponsabilidad que la opinión pública no puede constatar porque los micrófonos del Parlamento no recogen el sonido ambiente del hemiciclo. Así que los representantes del pueblo pudieron charlotear entre sí mientras el responsable de Defensa explicaba el lugar en el que nuestras tropas van a actuar, los campos minados que les amenazan, las acciones terroristas que pueden lanzarse contra ellos, o los proyectiles de morteros que se pueden dirigir contra sus bases. Él estaba hablando de unos españoles que acuden a la zona a jugarse la vida. Mientras eso sucedía, el Congreso se entretenía con sus cosas.

Después, todo ocurrió según lo sospechado: el silencio se impuso en la Cámara en cuanto Mariano Rajoy subió a la tribuna. Allí empezaba el debate parlamentario, y eso sí les resultó familiar y conveniente.

El líder de la oposición, que atacó al presidente en un asunto que le resulta especialmente ingrato en términos de imagen, no dudó en señalar con el dedo a Rodríguez Zapatero para acusarle de «esconderse detrás de su ministro de Defensa» para abordar un tema complicado de defender para quien aspira a sacar réditos de su viejo «no a la guerra» de Irak. E Irak, que fue y sigue siendo un banderín de enganche electoral del PSOE, estuvo presente hasta hacerse el protagonista de un debate que acabó centrándose, como era de suponer, entre Rajoy y Zapatero.

El propósito del líder de la oposición fue, y será en el futuro, el de desmontar la operación de imagen de pacifista del presidente del Gobierno. Y acabó acusándole sin rodeos de actuar como un hipócrita. El propósito del presidente fue, y seguirá siendo en el futuro, el de ahondar en la herida de la posición del PP de apoyo a la invasión de Irak. Éste fue, al final, el auténtico centro del debate. ¿Las tropas españolas que van al Líbano? Ah, sí. Las apoyamos.

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