Ya está. Ya pasó. La historia de Natascha Kampusch, la joven austriaca que huyó de su captor el pasado 23 de agosto, tras ocho años de cautiverio, a la que tanta difusión diera la prensa hasta hace pocos días, ha pasado a segundo plano, al igual que todos los acontecimientos inusuales que atraen la atención pública.Aún a finales de la semana anterior los medios seguían ocupándose del asunto. Le dediqué una columna el viernes pasado; el jueves pude leer en este mismo diario artículos muy inteligentes pergeñados por mis colegas, pero la vida continua y nuevos sucesos monstruosos saldrán a la luz mezclados con los triunfos deportivos de la selección nacional de tantos deportes como hay. Es lo de siempre: la dramática peripecia de Natascha Kampusch será olvidada por las multitudes, salvo por algunos memoriosos. Falta todavía un poco para que se acallen los ecos. Hoy mismo pude saber que los medios austriacos comprarán el relato de la joven. Está bien, cualquier compensación es poca para paliar semejante desventura.

Lo que más me interesó de la historia es lo relacionado con lo que se ha dado en llamar síndrome de Estocolmo: al parecer la chica demostró gran pesar por el suicidio de su captor.

En 1973, en Estocolmo, unos asaltantes de banco retuvieron a los empleados durante varios días. Al ser liberados un fotógrafo de prensa captó el instante en que una de las rehenes besaba a uno de los captores. Desde entonces se llamó síndrome de Estocolmo al patológico afecto que puede brotar entre víctimas y victimatarios; entre los secuestradores y sus rehenes.

Como para reforzar mis argumentos utilizo el recurso de extremar los ejemplos, me digo que casi todos los hijos (ninguno solicitó ser traído al mundo), experimentan una suerte de síndrome de Estocolmo por los padres; sean estos cariñosos o maltratadores. Es evidente que todo aquello que termina haciéndose familiar se planta en la memoria con matices de involuntario afecto. Uno nació en el seno de una religión cualquiera, le comen el coco desde la más tierna infancia, y con frecuencia sigue la tradición y no se sale de la confesión heredada (aunque a mí no me pasa). ¡Vaya libertad de elección la del ser humano!

Uno nace en un país y al parecer no le queda más remedio que hacerse nacionalista de su nacionalidad (a muchos no les pasa, a mí tampoco). Te comen el coco desde la cuna, te condicionan mentalmente, y después proclamas ufano que eres patriota de tal o cual patria o devoto de tal o cual iglesia. Síndrome de Estocolmo.

En lo personal, me niego a ser patriota de mi patria de origen y de la de adopción. ¿Cómo puedes querer a un país si éste no te demuestra afecto? Me resisto al síndrome de Estocolmo, por eso soy patriota de Finlandia, donde pasé diez días sensacionales y me trataron muy bien. No creo que a los finlandeses pueda interesarles mi querencia. A mí tampoco me interesa padecer el síndrome de Estocolmo (el próximo año iré a Suecia, entonces veremos qué pasa).

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